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Vente a alemania, Pepe

| Ibiza |

A la tranquila población aragonesa de Peralejos de Arriba regresa Angelino paseándose por sus calles haciendo gala de los beneficios de emigrar a Alemania mientras conduce un flamante Mercedes. Pepe, engatusado por las fascinantes historias que cuenta su amigo, emprende el viaje a Múnich dejando en el pueblo a su novia con la promesa de regresar, comprarse una vaquería y casarse. Pero una vez allí descubre que nada es como imaginaba. Su jornada laboral comienza a las cinco de la mañana limpiando cristales y termina a las doce de la noche pegando carteles, y todo ello con salarios bajos, un relevante grado de marginación social y sin rastro del libertinaje sexual que esperaba.

Esta es la historia de ¡Vente a Alemania, Pepe!, una película española dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Alfredo Landa junto a Tina Sainz y José Sacristán, que fue estrenada hace ahora la friolera de 55 años, pero cuya ácida crítica social permanece intacta al retratar la situación de aquellos que emigraron en busca de El Dorado fuera de nuestras fronteras. Y es que nuestro país, por su ubicación geográfica y sus condiciones socioeconómicas, ha estado vinculado desde siempre al fenómeno migratorio, como el que tuvo como destino los países y colonias latinoamericanas desde el siglo XIX, los movimientos internos hacia las periferias de las grandes capitales de provincia y principales centros industriales tras la Guerra Civil o el éxodo masivo a países como Alemania, Francia, Suiza, Holanda, Gran Bretaña o Bélgica durante los años 60 y 70, sin olvidar otros más recientes consecuencia de la crisis económica del ladrillo plasmados en la película Perdiendo el Norte.

«Porque aquellos que como Pepe marcharon a Alemania o a otros países no siempre lo hicieron de forma legal. Al contrario, más de la mitad lo hicieron de forma irregular, viajando como turistas, sin contrato de trabajo y sirviéndose de familiares o de conocidos ya establecidos para subsistir»

Pero de la noche a la mañana nos convertimos en uno de esos estados pijos de la élite europea, pasando a ser receptores de trabajadores y olvidando rápidamente que fuimos un país de emigrantes que sufrieron muchas penurias fuera de la patria. Porque aquellos que como Pepe marcharon a Alemania o a otros países no siempre lo hicieron de forma legal. Al contrario, más de la mitad lo hicieron de forma irregular, viajando como turistas, sin contrato de trabajo y sirviéndose de familiares o de conocidos ya establecidos para subsistir. Tampoco faltaron las redes ilegales de tráfico de emigrantes, como la existente entre Galicia e Inglaterra, la explotación laboral, las dificultades para poder alquilar vivienda o las constantes vejaciones sufridas, llegando incluso a ser considerados como peligrosos maleantes y potenciales violadores de sus exóticas mujeres. Y es que resulta necesario sacar del armario estos antiguos flujos cuando se ha aprobado recientemente un proceso de regularización extraordinaria de inmigrantes que ha servido nuevamente de pretexto para azuzar el debate político y alimentar la confrontación social entre quienes lo critican por considerarlo una medida que premia la ilegalidad y quienes muestran su apoyo a un modelo migratorio que se encuentra basado en el respecto a los derechos humanos y que resulta compatible con el desarrollo económico.

Pero, como afirmaba Paul Collier, «la migración se ha politizado antes de ser analizada», porque este tipo de procesos no es nuevo, sino que, con gobiernos de distinto signo, ha tenido lugar en España hasta en seis ocasiones desde 1986 hasta 2005 y en cuarenta desde los años 90 en otros países europeos, sin que en ningún caso produjeran el tan temido efecto llamada. Tampoco debe olvidarse que la medida tiene su origen en una iniciativa legislativa popular promovida por la Conferencia Episcopal y respaldada por cientos de organizaciones sociales que fue apoyada por más de 700.000 mil firmas y ratificada en el Congreso por 310 votos a favor y 33 en contra. Además, tiene como beneficiarios a quienes ya se encuentran en España desde hace cierto tiempo, por lo que la regularización de su situación no supone una carga adicional a la ya existente para los exiguos servicios y recursos patrios, pudiendo de esta forma dejar de permanecer inmersos en la economía sumergida, sin ningún tipo de derecho social reconocido, para poder incorporarse plenamente al mercado laboral reglado.

La medida, eso sí, presenta algunos claroscuros, como el relativo a la posible alteración del censo electoral. Porque si bien es cierto que en las elecciones generales y autonómicas tan solo tienen derecho al sufragio activo los nacionales, con determinadas excepciones y condiciones en los comicios europeos y municipales, no menos cierto es que la concesión de la residencia legal es la pieza que pone en marcha el reloj para obtener la futura nacionalidad por el mero paso del tiempo, supuestos éstos a los que deben adicionarse los miles de pasaportes concedidos en virtud de la ley de memoria democrática y que, en su conjunto, podrán conllevar a que, en algunos años, los votantes extranjeros puedan resultar decisivos. Tampoco podemos obviar que, dado que se trata de un tema con múltiples implicaciones, no hubiera estado de más huir del manido recurso al Real Decreto para no usurpar al Congreso la posibilidad de debatir y votar una propuesta de semejante calado cuando no cabe apreciar ni tanta urgencia ni el necesario consenso político, económico y social.

Como afirmó António Guterres «la migración es un poderoso motor del progreso que fortalece las economías, conecta culturas y beneficia por igual a los países de origen y de destino». Pero tan solo puede serlo aquella que se produce de forma legal y controlada. Porque podrá regularizarse la situación de los extranjeros que ya se encuentran en el país como ha ocurrido en otras ocasiones, pero no olvidar por ello la obligación que compete al Estado de proteger sus fronteras frente a la inmigración irregular. Y es que, como dijo el filósofo Michael Ignatieff, «España debe tener puerta y muro», pero también, por qué no decirlo, menos odio y más empatía con los extranjeros que solo intentar procurarse un futuro mejor, lo mismo que le pasó a nuestro Pepe en Alemania cuando, sin tener ni idea del idioma, intentaba sobrevivir preguntando aquello de ¿spanisch hablan?

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