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Opinión

Juegos prohibidos

| Ibiza |

La flamante apertura del parador de la acrópolis pitiusa coincide con la orden de desalojo del amable cavernícola de Punta Galera. Tal es el zeitgeist o espíritu de los nuevos tiempos, rezumante de reglas y prohibiciones que chocan con la leyenda de la tolerante, corsaria, candorosa y ácrata Ibiza. Será consecuencia del éxito turístico y la masificación, de la nueva hornada de visitantes clónicos o pelmazos aspirantes a influencer que pretenden grabarlo todo porque no sienten nada, pero hoy pretenden domesticarnos como si fuéramos un vulgar rebaño clubber de balido único, que hace cola para entrar en el corral de una macrodisco donde las ovejas prefieren hacerse selfies antes que danzar como cabras malditas.

Recuerdo Punta Galera, antes que la llamaran Cala Yoga, oasis encantador donde podías bañarte en cueros y bronceado de silencios entre una fauna salvaje y hermosa. Sus rocas lisas que tantos encuentros amatorios han jaleado, también saludar a damas egregias como Cayetana de Alba o Jaqueline de Ribes cuando no tenían miedo a ser fusiladas por las moscas cojoneras paparazzi, conocer a artistas vitales y viajeros en busca de romance o safari psicotrópico, espléndidas y generosas sirenas de ojos fosforescentes y hermafroditas con la sonrisa gioconda. Belleza, sensualidad, cortesía y libertad, o sea. Luego llegaron las masas amorfas con sus móviles chivatos, pero sigue siendo maravilla fuera de temporada.

Con la moda blasfema de grabar el misterio, la magia se evapora. Al amable cavernícola lo echan como expulsaron a esa familia de médicos en catamarán que osaron grabarse gozosos en Espalmador en plena plandemia. ¿Qué daño hacían? Provocar envidia o celos a los tristes cabestros. Ya sea en la orgía o tomando una copa en el Parador, prohibid que os hagan fotos si queréis seguir jugando.

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