Los lugares más hermosos del mundo vivieron una transformación que ríase usted de las metamorfosis de Ovidio al pasar del viajero al turista (luego se pasó del turista al hooligan). Para bien y para mal se revolucionó la economía tanto como la sociedad, se globalizaron costumbres y los bárbaros del norte, ricos tras su revolución industrial, aprendieron las bondades del aceite de oliva mientras que el luminoso Mare Nostrum jamás se acostumbró a la mantequilla de cacahuete.
Después de todo, como canta Kavafis, los bárbaros quizá fueran una solución, pero a estas alturas de éxito turístico ya nadie se rasga las vestiduras porque atraquen menos cruceros en el Puerto de Ibiza. A menudo menos es más y, si se quiere mejorar la calidad vital, hay que luchar contra la cantidad masificada. La geografía manda y a las Pitiusas hay que mimarlas para que no se hundan.
Por supuesto que hay honrosas excepciones en esto de las vacaciones en el mar, pero la mayoría de cruceros son cárceles flotantes todo incluido, con miles de convictos deseosos de desembarcar y variar la vista de escotas y escotes. Personalmente, cada vez que atisbo en la lontananza una de esas ciudades flotantes, cambio inmediatamente el rumbo: el centro histórico de las ciudades (pues nadie va a las partes modernas, cosa que no pueden comprender los arquitectos inarmónicos) se abarrota de turistas con chanclas, característico pelotón de fusilamiento fotográfico, y su estela atrae un banco de tiburones carroñeros. Y encima contaminan más que todo el parque de automóviles.
Entre sus cócteles azucarados, comida de rancho de hospital, animadores de estridente voz nasal con megáfono de insultantes decibelios, actividades sociales para conjurar el aburrimiento, etcétera, parecen uno de los círculos dantescos donde el marino auténtico pierde toda esperanza.