Al hodío predicador solo le faltaba ponerse una túnica azafrán y ponerse a cantar el Cumbayá, un hare Khrisna, un my sweet lord a lo George Harrison, mientras, con ojos psicopáticos donde brilla el miedo odioso del trilero descubierto, nos anunciaba amorosamente que ponía en marcha un Big Brother orwelliano para perseguir el odio en las redes, en la prensa, en la tele, en la calle, el bar y hasta en la cama. ¡Toma nísperos democráticos con esto que odiar es un delito!
Pero, ¿no estaba el presidente cainita inmerso en hacer un odioso muro entre españoles? La orgía de corrupción que deja su nefasta estela en el poder es tan aplastante que necesita continuamente maniobras de diversión para marear la perdiz mediática. Pero solo le creen las tristes criaturas que son los fanáticos de partido, lacayos de su puto amo de turno. Sus socios comunistas, separatistas y ¿ex? terroristas saben que tratan con un mentiroso sideral, pero lo apoyan sin exigir dimisión alguna, pues se encuentran a gusto con las prebendas del poder. Los cómplices llaman cariñosamente fascistas a todo aquel que no piense como ellos (en su caso no es hodio sino deseos fraternales de lobotomía para la mitad del pueblo), y su excusa para seguir apoyando a un zombi político y tongo con patas es, que si se convocan elecciones, viene el lobo de la ultraderecha. Pero si algo queda claro a estas alturas sanchistas es que el lobo es Pedrito el Hodío.
Franco gobernaba España como si fuera un cortijo, y este presidente lo hace como si fuera una secta. El gurú monclovita pretende hablar de amor para extender su hodio, pero resulta tan grotesco como escuchar a Jack el destripador presumir de feminista. ¡Qué hodío!