El 14 de febrero de 1991 se estrenaba una de las mejores películas de suspense y terror de la historia del séptimo arte. Ganadora de los cinco premios principales de la Academia de Hollywood y basada en la novela homónima de Thomas Harris, fue dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins en los papeles de Clarice Starling y del temible doctor Hannibal Lecter. Relata de forma intrigante la investigación seguida por la joven agente del FBI asignada al caso de un psicópata que arrancaba la piel a sus víctimas sirviéndose para ello de la inestimable ayuda del doctor Lecter, un convicto y peligroso asesino en serie que practica fervientemente el canibalismo. Pero lo que más destaca de esta obra de arte es el peligroso juego psicológico que se entabla entre ambos personajes a través de un intercambio de ayuda recíproca que conduce a la agente federal a revelar su mayor trauma, acontecido en la granja de su tío donde fue a vivir tras la muerte de su padre, representado por los gritos de los corderos degollados a los que intentó salvar de una muerte segura.
Las fobias exploradas en este excepcional film de forma perturbadora proporcionan una visión inquietante de la complejidad de la naturaleza y mente humana que explicaría por qué una enorme mayoría se mantiene silenciosa a través de lo que en psicología se conoce como indefensión, desesperanza, impotencia o resignación aprendida, una conducta de pasividad desarrollada a partir de la creencia o percepción de que, por mucho que uno se esfuerce, no podrá cambiar la situación. Esta teoría, obra del psicólogo y escritor estadounidense Martin Seligman en 1967, constata que cuando una persona no obtiene los resultados pretendidos, con independencia de cuanto se esfuerce por conseguirlos, deja de intentar generar un cambio abandonándose a su suerte. Cuando esto ocurre, la persona aprende que está indefenso y su respuesta se traduce en la mera pasividad, languideciendo lentamente mientras ve corroídas sus fortalezas mentales hasta quedar su voluntad doblegada convirtiéndose en un simple cordero silencioso que tan solo espera resignado ser sacrificado camino del matadero.
«¿Debemos abandonarnos a nuestra suerte y mostrarnos dóciles y sumisos frente a la callada por respuesta? ¿Tenemos que comportarnos como silenciosos corderos resignados a nuestro destino?»
Es exactamente la sensación que se experimenta cuando el silencio es la única respuesta que se obtiene a peticiones tan lógicas como reiteradas, una repetición en bucle del minuto y treinta y tres segundos de la famosa obra de John Cage. Ni más ni menos lo que acontece cuando el silencio es la respuesta a solicitudes como la necesidad de finalizar una nueva sede judicial a medio construir durante cinco largos años que de paso serviría para ahorrar dinero de todos los contribuyentes. También cuando el silencio es lo que se obtuvo al solicitar que se retrasara la entrada en funcionamiento de los Tribunales de Instancia ante la ausencia de garantías de que su implantación se realizaría de forma adecuada y sin perjuicio alguno para la ciudadanía. Como no, el silencio se amplifica más aún cuando se requiere insistentemente que se adopten medidas reales y afectivas para atajar el grave problema de la vivienda que ha disparado el número de personas en peligro de exclusión. Ni que decir tiene que el silencio es también la contestación que resuena de forma atronadora cuando sistemáticamente se reclama desde todos los ámbitos la inmediata actualización del plus de insularidad como herramienta para convertir este destino en atractivo con la finalidad de completar, estabilizar y especializar las mermadas plantillas de funcionarios hasta el punto de evitar que colapsen y agonicen servicios públicos básicos y esenciales para la sociedad en su conjunto.
¿Debemos abandonarnos a nuestra suerte y mostrarnos dóciles y sumisos frente a la callada por respuesta? ¿Tenemos que comportarnos como silenciosos corderos resignados a nuestro destino? Resulta complejo pensar en un posicionamiento semejante por quienes la rebeldía corre por unas venas sedientas de que predomine el más elemental sentido común o simplemente les carcome las entrañas la irracionalidad política persistente a la que nos han tristemente acostumbrado. Más bien al contrario, lo que pide el cuerpo es perseverar evitando sumirse en una espiral de triste resignación deseada por una minoría capaz de gritar de forma tan ensordecedora que consigue acallar el sentir de una inmensa generalidad. Porque estas reivindicaciones, que buscan precisamente beneficios para la colectividad, se juzgan por algunos fanáticos anónimos llenos de rabia y frustración como meras prerrogativas excesivas y sin fundamento destinadas a una pseudo especie de parásitos cuando, en unidad de acto, no dudan en criticar de forma abierta y reiterada la caótica situación que presenta el servicio público que precisamente aquellos prestan. ¿En qué quedamos? Es muy fácil servirse del típico y manido recurso del «están todo el día tomando café o con un papel en la mano de un lado al otro» cuando esto no acontece en mayor medida de cuánto puede hacerlo en cualquier empresa privada, evidentemente, siempre sin pararse a pensar que la cosa realmente funciona a duras penas gracias a cuatro obstinados con verdadera vocación de servicio público que se resisten a adoptar una actitud pasiva que conduzca al pueblo a quedar irremediablemente desvalido a merced del matarife de turno.
También la lucha de Clarice se manifiesta como un acto de rebelión contra el silencio en busca de la verdad y la justicia, únicos instintos que inspiran su actuación frente al mal, la frustración y la perversión que la soliviantan. Mientras no decaiga en su esfuerzo los traumas que la atormentan se disiparán y sus miedos se superarán. Porque como ya le vaticinara el doctor Hannibal Lecter a la joven agente del FBI, que persigue de forma perspicaz e inteligente al psicópata asesino, si no cesamos en nuestro empeño diario desviando nuestra atención hacia otros deseos distintos de la mera satisfacción del interés general, aun a pesar de las constantes trabas con las que los interesados y cobardes enemigos se empeñan en minar el camino, «nunca más despertaremos en la oscuridad con ese horrible grito de corderos».