En esta isla nos hemos acostumbrado a que la mentira política ya no sea una excepción sino un procedimiento. Estos días en Ibiza hemos tenido dos buenos ejemplos de lo que digo: el ascensor del Parador y el nuevo sistema insular de transporte público.
Durante años escuchamos que gracias al Parador tendríamos un ascensor para subir a Dalt Vila. Lo llamaban «accesibilidad vertical» y palabros por el estilo. Pero la realidad a día de hoy es que los ascensores del Parador son, al parecer, para uso exclusivo de los clientes del hotel. Nos mintieron. Basta buscar lo que se decía en el proyecto para entender de lo que hablo: «Se dota a esta nueva infraestructura accesible de una dimensión pública, destinándose uno de los ascensores al uso público para acceder a la visita de las ruinas arqueológicas del Castillo, integradas totalmente en la propuesta arquitectónica». No lo digo yo. Lo dice el proyecto firmado por Andrada, Lliso y Manzano-Monís, ejecutado por Acciona y con fecha de finalización de la obra en 2024. Es el documento que certifica que uno de los ascensores se hizo bajo la premisa de la «dimensión pública».
Más grave es la estafa del nuevo sistema insular de transporte público, dependiente del Consell. Una cosa son fallos tontos los primeros días y otra muy diferente lo que están denunciando numerosos usuarios. Líneas que no existen, conductores que no saben, horarios que nadie entiende, rutas disparatadas y, como guinda, precios diferentes en función del sistema de pago. Durante siete años nos dijeron que tendríamos un transporte público del siglo XXI y pensamos que eso sería la hostia. Tendríamos que haber tenido en cuenta que el siglo XXI, desde sus inicios, ha sido un desastre: crisis, pandemias, más crisis… y una clase política que ha hecho de la estafa todo un arte. La mentira, pues, es el auténtico hecho diferencial del político. Y el problema es que a la mayoría de los ciudadanos no les importa.