Rafael Cavestany subió a una especie de púlpito, comenzó a discursar y, por una ráfaga fantasiosa, me vino a la mente que así hablo Zaratustra. Todo pasaba al principio de su exposición pictórica en la sala de Diario de Ibiza, rebosante con damas estupendas, al.lotas de mirada deslumbrante, felices niños correteando, amigos, curiosos y admiradores del artista. Cavestany había exigido imprudente puntualidad para descubrir sus cuadros, y muchos habíamos llegado in extremis, asaltando la barra donde Alba Pau nos consolaba con buen vino, pues parte de la recaudación se destina a la Fundación Conciencia. Reconozco que no escuché nada de lo que decía Cavestany, pero era asombroso observarlo a ratos grave cual profeta mesopotámico, otros gesticulante a lo Franz Liszt antes de tocar una rapsodia para una ardiente cosaca, dirigiendo la sala entregada como un temperamental director de orquesta que sabe tocar las notas y lo que hay entre las notas. (Cuando así se lo confesé, cruelmente Rafa respondió que, pese a mis ínfulas de tenor, soy duro de oído. Pero la sangre de la lucha de egos –ese pequeño argentino que todos llevamos dentro, che—, no llegó al mar).
Luego descubrieron los cuadros, que han sido pintados con diferentes músicas y estados de ánimo, en una especie de carrera vertiginosa, enfebrecida, como el escorpión que necesita picar para librarse de su veneno. Estilos muy diferentes y un piano de cola solitario y romántico, esperando a su dueño como el arpa de Bécquer en «del salón en el ángulo oscuro». ¿Inspiración? Por supuesto que existe y mejor que te pille trabajando. Aunque también el zángano hedonista sabe encontrarla en el dolce far niente… Cuestión de cortejar a la musa sin que los cabestros celosos asen nuestro tierno corazón.