Las calles de París ardían en mayo del 68. Los jóvenes estudiantes protestaban poniendo patas arriba los cimientos de la vieja capital francesa abogando por una mayor libertad individual mediante la supresión de las amplias restricciones sociales impuestas. El paradójico ‘prohibido prohibir’ se repetía como consigna en las movilizaciones dado el excesivo control regulatorio, promoviendo la anarquía social y la desobediencia más radical. Fueron muchos los logros alcanzados gracias a las revueltas. Se despenalizaron conductas como el adulterio o el aborto y se consolidó la tolerancia a colectivos o minorías antaño perseguidas. El lema, utilizado durante los años siguientes como un tópico popular de frecuente recurso, perdura todavía en el imaginario colectivo casi sesenta años después de aquellos incidentes. Sin embargo, si echamos la vista atrás podremos comprobar como aquella primigenia explosión de entusiasmo libertario que trajo consigo una bocanada de aire fresco a nuestra sociedad, se ha ido restringiendo gradualmente, casi de forma imperceptible, hasta el punto de ser testigos silenciosos de como agonizan muchas de nuestras libertades individuales, supuestamente a favor de las colectivas, mediante medidas impuestas por una exigua minoría cuya superioridad moral les hace creer que su particular concepción de la convivencia es la más adecuada para la otra inmensa mayoría.
Por ejemplo, en muchos lugares de nuestra geografía se ha considerado conveniente acabar de raíz con tradiciones patrias tan arraigadas como las corridas y festejos taurinos llegando a criminalizar a quienes las practican o presencian. También se ha considerado que la laicidad de nuestro Estado justifica poder erradicar de nuestras vidas la representación del nacimiento y adoración de Jesús por medio de belenes, llegando en algunos lugares a sustituir las cabalgatas de reyes por otros engendros dignos de una película de Berlanga. Como no, se ha prohibido fumar en casi cualquier lugar o ámbito que no sea el estrictamente privado. También beber en la vía pública o en otros lugares como los parques de bolas, pero sin renunciar a la venta de ambos productos y a sus suculentos impuestos.
Este afán regulatorio se ha extendido a prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida. No solo se debe circular a la velocidad permitida y controlada por multitud de radares, sino que, dependiendo de la antigüedad y modelo del vehículo, no podrá hacerlo en determinadas zonas, mucho menos si viaja tan solo una persona a bordo. De lo de poder estacionar ya mejor ni hablamos. Y si es con autocaravana, apaga y vámonos. Podemos comprar todo tipo de productos de plástico o embalados con cantidades ingentes de este contaminante material, pero tendremos que abonar un importe adicional si queremos disponer de una liviana bolsa en el supermercado. No olviden que, además, deberán beber con pajitas de cartón y comer con cubiertos desechables de madera, como si fuéramos muy sobrados de pinares. Eso sí, todos estos materiales deberán separarlos debidamente en sus casas y depositarlos en el contenedor del color correspondiente. Ojo, dentro de la franja horaria fijada por la superioridad. Y recuerden que tampoco podrán ver animales salvajes en actividades circenses, pero que estos seguirán viviendo fuera de su hábitat natural para ser exhibidos en meros zoológicos por muy miméticas que puedan resultar sus rediseñadas jaulas de cartón piedra. Ya ven, prohíbe que algo queda.
Y pase que se haya prohibido ir por la vía pública o conducir sin camiseta o en bikini, que no se pueda acampar en la playa o zonas costeras del literal, rebuscar en la basura, tender ropa en los balcones, dar de comer a los animales callejeros y hasta jugar a los dados o el dominó al aire libre por aquello de las cuestiones de salubridad, seguridad y respeto. Pero que se quieran implementar medidas que, enarbolando la bandera de la lucha contra la extensión del odio y la polarización en las redes sociales y plataformas digitales, supongan poder llegar a limitar siquiera mínimamente la libertad de expresión para convertirla en un instrumento político al servicio de concretos intereses, ya se pasa de castaño oscuro y nos hace recordar por qué aquellos jóvenes estudiantes franceses se rebelaron en la siempre emblemática ciudad de la luz.
Porque, a pesar de que se anuncie la novedad como un sistema para monitorizar, analizar y comparar contenidos de discurso de odio con motivación racista, xenófoba, islamófoba, antisemita y antigitana, más papel haría que se legislara para impedir que pudieran realizarse todo tipo de manifestaciones indiscriminadas y vejatorias bajo el anonimato de un cobarde pseudónimo o perfil falso. Veríamos entonces si el personal era tan valiente cuando, para opinar alegremente, tuviera que dar la cara previamente con su identificación real. Otro gallo cantaría. Pero claro, esta sencilla medida, que resultaría infinitamente más efectiva y económica, no es tan molona, neutra y transparente como vincular la faena a un enésimo y costoso Observatorio sin sesgo alguno de imparcialidad que realizará su labor sobre la base de cuestionables criterios académicos usados como rasero. Lo de la ficción distópica de Orwell se queda corta. Pero encima, lo de la H, ya es de chiste.
Que con esta medida se pretenda atajar el odio para procurar una mejor y tolerante convivencia tecnológica tan solo hace recordar aquellas otras brillantes ideas de bombero como la del teléfono escachado del 047 creado para resolver las dudas acerca del problemón de la vivienda o la del invento de los nuevos Tribunales de Instancia para acabar con los males endémicos que afectan gravemente el funcionamiento de la Administración de Justicia. Ya lo de velar realmente por el ciudadano lo dejamos para otro día. Piensen que alguna vez no estaría de más plantarse y decir basta recuperando el espíritu de aquellos estudiantes de mayo del 68, porque, como cantaba Sandra Mihanovich en su tema Prohibido prohibir, «no se puede prohibir el color tornasol de la tarde al morir en la puesta de sol. No se puede prohibir el afán de cantar ni el deber de decir lo que no hay que callar».