Jesús de Miguel es un artista cachondo y socarrón que parece llevarse bien con los duendes pitiusos. Tiene aspecto de sátiro que sestea la siesta pánica bajo una higuera y gusta trotar por la floresta de Corona, metamorfoseándose en una especie de amor fati, que viene a ser un lo que Dios quiera, para llamar a la musa o tomar un trago en el Cosmi buscando a Toni Sonrisas. Despliega un aura humorosa e irreverente y puede decir a la Voltaire: «He decidido estar alegre porque es mejor para mi salud». Algo así como tener follet, tener duende, o sea.
Su exposición en el Far de ses Coves Blanques, estupenda sala cultural que ilumina Portmany, conjura a muchos seres mágicos ibicencos. En la atestada inauguración estaban los fameliás, feina o menjar, sueño secreto de todo payés para ganarse el pan con el sudor del de enfrente, vamos, que alguien levante el muro de piedra o are los campos por él en tiempo récord; los gamberros barrufet, que gustan transformarse en niños para mamar de un buen par de tetas y luego, cuando se han saciado, muerden el pezón, ríen lascivamente y huyen mostrando una barba legendaria; brujas de todo tipo, que haberlas haylas, y cómo no, los follet, que otorgan una especie de gracia y buena suerte en todo tipo de empresas bautizadas con vino.
A veces se ocultaban en sus creaciones, naturalmente, donde los asistentes observaban y comprendían según su propia naturaleza, haciendo cábalas sobre lo que contiene la lámpara de la fantasía del artista. Para eso había que frotar sus telas abstractas, abrirlas como las alas de una mariposa colorida, cuyo aleteo, sí, además de inspirar caricias rosas también puede provocar tifones violetas.