Lo más entretenido para la opinión pública han sido las horas pasadas en discernir desde las altas administraciones, con presidentes y ministras en plan estelar, si las ratas o los ratones saben nadar, escalar la cadena del ancla o tumbarse a la bartola en las amarras. Por un momento parecía que volvían a hablar de la «inventada» de Aldama, de bulos científicos, de cambio climático o aliens roedores. Algo ciertamente chocante, pues las ratas son siempre las primeras en abandonar un barco.
Estos pícaros urbanitas de oficina (o de sauna, tanto monta) presumen de eco, pero no tienen ni idea de campo ni de mar y nunca vieron El Hombre y la Tierra de Félix Rodríguez de la Fuente. Tampoco parecían saber la diferencia entre atraque y fondeo hasta que algún capitán Haddock se lo comunicó a la gesticulante ministra de salud.
Y cuando el lúgubre doctor se puso de nuevo a tranquilizar y negar cualquier contagio más allá de un par de casos, lagarto, lagarto, media España se echó a temblar, se lavó las manos y cambió de canal. Entre las nuevas chapuzas y rebuznos monclovitas, toda cosa que no fuera el debate nadador de los roedores, o el striptease de un psiquiatra traje contaminado en mano, aburría clamorosamente.
Si el famoso comité de sabios fue una mentira más durante la pasada peste china –plandemia de suculentas mordidas para la rijosa banda del Peugeot—, ahora tampoco nos aclaramos con los sabios o los expertos que han asesorado al gobierno con el virus andino… Nada nuevo bajo el Sol de la transparencia celtibérica, del rigor y la eficacia ante las crisis de un gobierno que solo es cum laude en tongo y marear la perdiz…o los ratones.