En España ya no se vota con ilusión. A no ser que seas un querubín electoral, un fanático de las siglas de un partido, algún miembro de eso tan disonante como las juventudes políticas de los hunos o los otros, a estas alturas democráticas tratamos de elegir al que pensamos menos malo o algo más capaz de administrar la cosa y nos deje vivir en paz. Los partidos políticos –tras la carta blanca que se dieron a sí mismos en la generosa Transición—son las mayores mafias del Reino, con aforamientos por doquier que violan el principio de igualdad ante la ley. Y sus capos, gente terriblemente mediocre que jamás hubiera llegado a ningún puesto de relieve en la esfera privada. Salvo honrosas excepciones, no sirven, se sirven.
El problema es que cada vez son más. Levantas una piedra y salen tres, cuatro, cinco concejales dispuestos a marear la cosa. Hace años fue muy divertido a nivel insular (que podía extrapolarse a toda España), cuando el actual presidente del Consell y entonces alcalde de Santa Eulalia, Vicent Marí, opinó que el Consell, que dirigía entonces Vicent Serra, no era necesario con los ayuntamientos. Naturalmente Serra, del mismo partido, respondió que lo que no era necesario eran los ayuntamientos habiendo el Consell. Entonces escribí que el pueblo estaba muy de acuerdo con ambos.
Vista la situación de la cosa y su laberinto burrocrático, se comprende cómo se montan luego puertas giratorias, o cómo un Zoteparo se dedica a orquestar maniobras en la oscuridad para influir en decisiones millonarias. O cómo el círculo de Armengol celebra que garganta profunda Aldama diga que Francina Gin-tonic no cobró comisiones, como si eso la exonerara de su negligencia. Los políticos se están cargando la democracia y cada día son más engreídos.