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Opinión

Los lunes al sol

| Ibiza |

En 1974 España era la décima potencia mundial a nivel industrial. Gijón, la ría de Bilbao, Sagunto, Sestao, Reinosa, Getafe, Ferrol, Cartagena, la bahía de Cádiz o Vigo, concentraban nuestro tejido industrial siendo motivo de orgullo para sus ciudadanos. Pero a partir de los 80, y especialmente tras la incorporación de nuestro país a la Comunidad Económica Europea, se inició un proceso de desmantelamiento industrial, maquillado como reconversión, que supuso el recorte de la capacidad productiva de empresas de sectores como el naval o el siderúrgico canalizando la producción hacia otros supuestamente más eficientes. Pasamos así, sin comerlo ni beberlo, a ser una nación exportadora principalmente de sol, playa y cachondeo. La consecuencia inmediata fue la pérdida masiva de empleos y, con ello, la sucesión de revueltas fruto del fracaso laboral de multitud de trabajadores, de la desesperación de muchas familias castigadas por la miseria y del final de la seña de identidad de estos prósperos territorios.

El cine, sirviendo una vez más de herramienta de reivindicación social, se hizo rápidamente eco de la situación de estos trabajadores heridos en su orgullo y de todas las comunidades asoladas por la pobreza. Como olvidar las afamadas producciones inglesas de The Full Monty o Billy Elliot, que muestran con crudeza la amarga vida de estos colectivos y sociedades. También la española Los lunes al sol, película dirigida por Fernando León en 2002 e inspirada en el cierre de los astilleros Naval de Gijón, que cuenta con la brillante actuación de los afamados Javier Bardem y Luis Tosar retratando de forma cruda y despiada el día a día del parado con limitadas posibilidades de acceso al mercado laboral y reflexionando de forma realista y conmovedora sobre su frustración y desesperanza, así como sobre la incidencia de estas penurias en su identidad, en sus relaciones personales y en su propia autoestima. Simplemente permanecen un día tras otro varados en un bar sin encontrar salida a su triste situación mientras se aferran a sus loables ideales para intentar conservar intacta su dignidad.

Y es que, como señala Bauman en la ética del trabajo, el desempleo y la precariedad laboral constituyen un auténtico drama social, más aún en territorios tan peculiares y complejos como el nuestro que parecen completamente olvidados y dejados de la mano de Dios de una forma cada vez más evidente. Porque ya conocen que el nuevo y flamante edificio judicial de Sa Graduada, anunciado a bombo y platillo en 2015 y que debería estar finalizado completamente desde 2020, sigue pendiente de ejecutarse respecto de 4.078 metros cuadrados de su interior, lo que equivale a un treinta y pico por ciento del total, sin vislumbrarse todavía una fecha cierta para su conclusión, lo que supone que aumente exponencialmente el coste final de la obra y que, de paso, se continúe abonando una elevada cantidad por el arrendamiento de una torre del Cetis para acoger a los seis juzgados civiles existentes. Su finalización, además de unificar las sedes judiciales y facilitar la vida de sus usuarios, permitiría que los servicios de tanatología no tuvieran que externalizarse, con el consiguiente ahorro de costes que de ello también se derivaría para las arcas públicas.

«La precariedad se manifiesta en la insuficiencia de personal del servicio de limpieza o de traducción porque las empresas adjudicatarias no encuentran mano de obra cualificada para su prestación»

Pero la precariedad no queda limitada exclusivamente a una mera construcción, ni mucho menos. Ni tan siquiera a las deficiencias que presenta el edificio en su mantenimiento ordinario, con acumulación de agua en el subsuelo que provoca la constante aparición de plagas de insectos, las recurrentes averías del sistema de aire acondicionado que hace que se alcancen en su interior temperaturas tropicales, las sucesivas filtraciones de agua que inundan varias de sus dependencias con las primeras cuatro gotas que caen o incluso la perpetua avería de un ascensor interno para la puesta a disposición judicial de los presos desde los calabozos que lleva pendiente de una pequeñita reforma la intemerata de tiempo. No, a eso ya estamos más que acostumbrados.

La precariedad se manifiesta en la insuficiencia de personal del servicio de limpieza o de traducción porque las empresas adjudicatarias no encuentran mano de obra cualificada para su prestación. Se nota en la ausencia de trabajadores que quieran desempeñar su actividad profesional en una Administración Pública que paga salarios con los que no se puede subsistir en esta isla por no actualizarse debidamente el dichoso plus de insularidad. Se palpa en la insuficiencia de personal en el Instituto de Medicina Legal que, por unos u otros motivos, elabore los preceptivos informes necesarios para que los procedimientos avancen y concluyan sin dilaciones indebidas. Se siente en la implantación de una nueva organización judicial que pretendía conseguir una justicia más eficiente, pero que está realmente abocando a una situación de colapso de consecuencias impredecibles. Y es todavía más que evidente cuando, en un breve periodo de tiempo, se han eliminado de un plumazo a los dos informáticos que, con una acreditada experiencia profesional, prestaban un impecable servicio en ambas dependencias judiciales.

En la actualidad todo esta digitalizado. Tanto, que quien atesora los conocimientos informáticos necesarios se convierte en el clavo de la herradura de George Herbert o en el monomito de Joseph Campbell. En un héroe que, tras su fase de aprendizaje, puede hacernos salir victorioso de cualquier adversidad que se presente. Pues los verdaderos héroes contemporáneos no son seres extraordinarios fruto de la mitología o de la ficción con super poderes. Son personas normales y corrientes que, como Pablo, trabajan a diario aportando su granito de arena para procurar una sociedad mejor. Ahora él se pasará los lunes al sol. Lo malo es que los demás, sin informático debidamente formado, también lo haremos el resto de la semana. Porque a este paso, como en la película española, acabaremos diciendo eso de «es que a mí me da igual, yo mañana me pongo a servir copas. Eso sí, si ponen a todos en la calle no va a haber a quien servírselas y eso si me jode más».

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