Las joyas de Zoteparo han resultado ser mucho más histriónicas que las joyas de Bianca Castafiore. Guardadas bajo llave en una caja fuerte del partido obrero, demuestran el poder simbólico de unas piedras preciosas que hipnotizan a diestra y siniestra. ¡Qué cosas que tiene la vida! El que era considerado un zote, un inepto, un imberbe por tantos dentro y fuera de sus filas, reaparece como un comisionista de talla internacional, especialmente en sus tratos con regímenes dictatoriales, lo cual, después de la matraca que nos dio con Franco, es todavía más escandaloso.
Otros muchos le consideraban una especie de gurú, y se afiliaban a su falso buenismo con toda la furia del fanático converso. Es lo que tiene la secta, que te castra para no pensar por ti mismo y te condena a seguir cual eunuco los mandamientos del amado líder, oh triste cabestro que nada sabes de la noble libertad.
Del blanqueo de dictaduras al blanqueo de capitales hay un paso corto y fácilmente comprensible. Pero el tipo seguía dando lecciones de cómo vivir y a quién odiar, dualista maniqueo, con la aureola viscosa que le otorgaban sus lacayos. Su socio principal, hijo político todavía más audaz en sus mentiras, resiliente de sauna, le rescató del ruinoso olvido cuando no quedaba una vaca sagrada en el PSOE que le apoyase. Y a la vista está que lo supera en inquina, ego mesiánico y afán cainita. Lo más parecido a un dictador en nuestra partitocracia, o sea.
La Castafiore puso el grito en el cielo del castillo de Moulinsard cuando robaron sus joyas. En la sede sanchista, nadie dice ni pío con esta sorprendente incautación de zafiros proletarios. Pero el silencio es estruendoso.