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Los chiringuitos de nuestra vida

| Ibiza |

Martin Niemöller, pastor luterano alemán que sufrió la persecución del régimen nazi, dejó una reflexión que ha trascendido a su tiempo y se ha convertido en una advertencia universal. Salvando todas las distancias históricas, su mensaje sigue siendo válido. Las injusticias suelen comenzar afectando a unos pocos. Cuando finalmente alcanzan a todos, a menudo ya es demasiado tarde para reaccionar.

Eso es lo que me viene a la cabeza cuando veo lo que está ocurriendo en nuestras costas y, de forma particular, en lugares emblemáticos como son los chiringuitos de Es Puetó o Cala Llonga. La orden de derribo decretada por el Gobierno representa el paradigma de la deshumanización de nuestro litoral.
En el Senado hemos denunciado con vehemencia los atropellos de una Ley de Costas y un reglamento aplicados sin piedad por un gobierno central insensible y arbitrario. Y lo vamos a volver a hacer. Porque lo que está ocurriendo no se puede tratar como simples casos aislados sino como la consecuencia de una forma perversa de gestionar el territorio.

Y sí, vamos a volver a alzar la voz, pues también se trata una cuestión de justicia social. El problema no es ya solo la existencia de una Ley de Costas sino una interpretación indiscriminada e ideológica de la norma que trata por igual realidades completamente distintas.

La norma no es la que Ibiza necesita. No distingue entre la especulación y la tradición, entre una ocupación abusiva y las instalaciones arraigadas al territorio. Y ahí es donde casos como los de Cala Llonga o Es Puetó se convierten en el ejemplo más claro de esa injusticia.

Porque el problema no es la protección del litoral. Es la excusa. En proteger el litoral estamos todos de acuerdo. Todos queremos proteger la costa. Lo que no podemos aceptar es una protección mal intencionada, una protección sin un mínimo de sensibilidad territorial, una protección que termina destruyendo aquello que ha sabido convivir con el entorno durante tantas décadas.

Antes de que existieran los grandes hoteles, las discotecas, los puertos deportivos o los beach clubs, ya estaban allí los chiringuitos. Muchos nacieron cuando Ibiza empezaba a descubrir el turismo. Era un punto de encuentro, de convivencia, un refugio. Era, para muchos visitantes, una de las primeras imágenes de hospitalidad, cercanía y autenticidad. Y sí, con ellos también empezó el turismo, ese turismo sencillo, ese turismo familiar que tanto echamos de menos y tanta falta nos hace.

Las instituciones que mejor conocen estas dos realidades, como el Ayuntamiento de Santa Eulària des Riu, el de Sant Josep de sa Talaia y el Consell Insular d’Eivissa, han mostrado su rechazo al derribo de estas instalaciones y han defendido su valor social, económico y tradicional. Sin embargo, el gobierno central sigue adelante con sus propósitos. Pretende que desaparezcan. Y a este gobierno que mantiene una obsesión tan fanática hay que decirle que derribar no es siempre sinónimo de proteger. En estos casos es empobrecer. Empobrecer el paisaje, las experiencias, nuestra forma de vida y nuestra propia identidad como pueblo.

Hoy Cala Llonga o Es Puetó no puede contemplarse como un hecho aislado, sino como la punta del iceberg. Mañana serán otros (al tiempo), y con ellos seguirá retrocediendo un legado profundamente nuestro. Si se sigue actuando así, no solo estaremos asistiendo al cierre o derribo de establecimientos tradicionales. Estaremos permitiendo, poco a poco, el desmantelamiento de una forma de vivir el litoral que nos hace diferentes.

Y por eso mismo, creo que conviene volver al sentido profundo de la advertencia de Niemöller. Porque cuando se toleran en silencio decisiones injustas pensando que afectan solo a otros, se acaba descubriendo demasiado tarde que en realidad afectaban a todos. Hoy son Cala Llonga y Es Puetó. Mañana serán otros quioscos, otros pequeños negocios, otras actividades tradicionales, otras piezas de ese paisaje tan humano y original que hace tan reconocibles a nuestras islas. Es nuestra obligación reaccionar como sociedad, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que ya no haya nada por lo que luchar.

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