Apenas habían transcurrido unos minutos desde que el santo padre concluyó su intervención en el Congreso de los Diputados, ante 600 parlamentarios, cuando comenzó el espectáculo habitual. A derecha e izquierda, en el Gobierno y en la oposición, todos se declararon vencedores. Todos aseguraron que el pontífice había respaldado exactamente sus tesis. Todos concluyeron que el adversario había recibido una severa reprimenda del santo padre. Es lo mismo que sucede el día después de unas elecciones, que incluso aquellos que sufren un descalabro electoral, proclaman su victoria y la derrota del rival político. Unos partidos destacaron las referencias de León XIV a la dignidad humana, la solidaridad y la acogida. Otros subrayaron sus apelaciones a la familia, a las raíces culturales de Europa, a la responsabilidad individual o a la defensa de determinados valores.
Cada cual encontró en el discurso papal aquello que le permite reforzar su discurso y censurar el del contrario. Cuando el papa llamó a respetar y proteger la vida humana, unos vieron claramente que hablaba de los migrantes y otros que se refería a los no nacidos cuyas mamás optan por interrumpir el embarazo. Aquí, quien no se consuela es porque no quiere. Pero el papa no está para confirmar los prejuicios de cada cual, sino para recordar principios morales que trascienden las trincheras partidistas. Cuando un político sale de una intervención papal convencido de que el mensaje iba dirigido exclusivamente contra sus rivales, no ha escuchado con atención. Diputados y senadores, que se acusan mutuamente de todos los males del país, ensalzando las palabras de León XIV porque les dan la razón. Si todos creen haber ganado, es posible que nadie haya entendido el mensaje. O peor aún: que los impíos hayan decidido utilizar a Dios como un argumento más en la refriega parlamentaria.