Me encanta esa denominación de «el ciclo del agua». Es efectivamente redonda. Y aparentemente fácil. Pero en un sitio como Ibiza el ciclo del agua ha permanecido décadas metido en un cajón. Como la vivienda protegida, la redefinición del modelo turístico o el cumplimiento del bilingüismo institucional.
En el mandato de 1999-2003, el gobierno del singular Xico Tarrés nos hablaba de la necesidad de separar las pluviales de las fecales para intentar acabar con los problemas que causaban las inundaciones en la ciudad. En aquellos años, era habitual que, con cuatro gotas, las calles de Vila se convirtieran en pistas de patinaje cubiertas de lodo, excrementos, toallitas tristes y más tristes ratas ahogadas.
Más de dos décadas después seguimos hablando de las pluviales y las fecales. Como si fueran algo nuevo cuando estoy casi segura de que hay colles de ball pagès que tienen menos años que esto.
Ha tenido que llegar un tipo efectivo y eficiente como Jordi Grivé para empezar a poner orden en las cosas del agua. Algo que en muchos municipios de la Península más pequeños que Vila extrañaría muchísimo que no se hubiera resuelto antes. Grivé nos ha calzado un tanque de tormentas en Platja d’en Bossa para acabar con los problemas de las inundaciones en ese barrio. Ha puesto en marcha un proyecto para poner fin a las infiltraciones de agua salada en el sistema y facilitar así que la depuradora pueda funcionar correctamente. Esa depuradora que el Estado ha tardado 20 años en construir. Tiene previstas soluciones para la falta de separación entre pluviales y fecales en los dos cinturones de ronda. Le costó poco tiempo constatar que en ses Feixes del Prat de ses Monges alguien tenía que tener el control de las compuertas para que el agua saliera al mar…
Entre 1999 y 2026 han pasado muchos concejales por Vila responsables de estos problemas. Pero solo uno se ha arremangado para ponerles solución. El ciclo del agua, a veces, te permite romper el ciclo del escepticismo. Y eso se agradece.