La promiscuidad náutica en el largo y tórrido verano resulta tan deliciosa como aventurera. Se puede practicar el barco-stop entre Ibiza y Formentera, y, con talento, encanto y moral flexible, uno puede navegar hasta Capri y Corfú en el yate de una viuda alegre mientras la marinería te sirve el Bloody Mary matutino con un guiño en los ojos, agradeciendo que mantengas a la armadora contenta.
En los barcos es fundamental mantener siempre una educación y espíritu alegres, pues el riesgo de ser arrojado por la borda es real. Una vez rescatamos a un náufrago al sur de las Eólicas. Estaba chamuscado por el sol y mortalmente sediento, pero antes que abrevar un litro de agua exigió una botella de Gordon´s que volvió a iluminar sus dilatadas pupilas. Era un escocés con modales de picto y debía tener verdadera vocación de náufrago, pues no duró más de veinticuatro horas a bordo. La armadora era una tejana que subvencionaba el Tea-party, y como el escocés empezó a rogar con grosera insistencia una donación para su secta en algún lugar de Africa, fue arrojado de nuevo al agua. Luego me enteré que fue rescatado por un navío griego, volvió a ser arrojado por la borda, y terminó nadando hasta la isla de Skorpios. En otra época le pasarían por la quilla por pelmazo, pero hay que reconocer que era un duro superviviente.
También hay que tener cuidado con algunas invitaciones a navegar, pues existe riesgo de acabar prisionero de los caprichos del armador (los dragones del subconsciente afloran fácilmente en altamar y del sano placer al sado y maso solo hay un paso), dormir la siesta en Illetas y despertar en los baños de Argel, tratando de escapar cervantinamente.