Cuando Estados Unidos declaró la guerra a España en 1898, por el ruedo ibérico teníamos un político infame del cual se versificó: «Dicen que es grande, y es chico. Fue ministro, porque sí. Y en cuatro meses y pico, perdió Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y a mí».
También es cierto que USA, que había agradecido a España la fundamental ayuda a su independencia de Inglaterra un siglo antes, comenzó con la guerra de Cuba su política imperialista («Vosotros poned las fotos, que yo pondré la guerra», my dear rosebud I presume). Comenzaba el famoso «América para los americanos, pero mandando nosotros». Y fue tan obsceno que el genial Mark Twain cabreó a su presidente escribiendo: «Las barras y estrellas de la bandera deberían ser cambiadas por una calavera y dos tibias cruzadas».
El nuevo césar del imperio yanqui hizo mención a la pérdida de nuestras provincias de ultramar y a los nefastos políticos españoles. ¿La historia se repite? Veremos qué pasa con Ceuta y Melilla. En la Casa Blanca hay un presidente imprevisible que piensa que pirata viene de emprendedor, y en Moncloa se atrinchera un bellaco multipolar que pasará a la historia de la infamia.
Trump berrinchó por una tarjeta roja en el mundial, y le hicieron caso. En la olimpiada de Berlín, a Hitler se le atragantó un negro portentoso llamado Jesse Owens. En España Sánchez alentó el boicot a la vuelta ciclista con grosería antideportiva. Los yonquis del poder, supremos mentirosos que a tantos engañan tanto tiempo, son ciertamente campeones en diarrea verbal. Y en la historia del rencor hay mucho cómic.