¿Es el turismo un depredador? El lobo feroz Sánchez Dragó no tenía dudas al respecto. Y según opinaba el cachondo duque de Edimburgo, es el factor que más emputece el planeta (y así se lo hizo saber, con su estupenda incorrección política, a una ministra eslovena que deseaba atraer turismo para sanear las arcas tras el pasado comunista).
Del Grand Tour de la época romántica, con viajeros como el Arxiduc, Byron o Merimee, que se enamoraban de nativas, vinos y tradiciones, hemos pasado al hooligan de cualquier latitud y a una cosa rara que llaman «lujo exclusivo», habitualmente otra paletada que simplemente cuesta más cara. Cosas de la rebelión de las masas y el turoperador del más bajo denominador común. España es el país más turístico del mundo y el turismo, por su masificación, ha pasado de solución a problema. Así, la turismofobia está de moda, aunque, como cantaba Kavafis, los bárbaros puede que fueran una solución, después de todo...
Pero ¿la culpa es solo del turismo? Actualmente hay demasiado barbarismo entre muchos residentes. La tan querida cortesía y sentido común, que son el soporte de una sociedad muy por encima de cualquier ley, se tambalean por la epidemia de una grosería espantosa a la que, hay que poner freno, ya sean nativos o forasters. Para eso están las ordenanzas que pongan coto a los chacales que solo piensan en su negocio como negación del ocio para el resto, harto de tanto desmán y decibelios de party boats, piscinas de hoteles discoteca sin respeto por el vecindario, y del loro que lleva cualquier patán para destrozar la armonía. Y mejorar seguridad y limpieza. Turistas y nativos no tienen por qué ser enemigos.