Estamos en el año 50 antes de Cristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babaorum, Aquarium, Laudanum y Petibonum…
Así comienzan todas las aventuras de Astérix el Galo, una serie de historietas cómicas que, conjugando un agudo sentido de la parodia, fueron creadas en 1959 por el guionista René Goscinny y el dibujante Albert Uderzo, que se publicaron en la revista Pilote, obra de la editorial francesa Dargaud, y que narran la resistencia mostrada por su protagonista, el pequeño y astuto Astérix, junto a su grandullón amigo Obélix y su inseparable perro Ideáfix, en una pequeña aldea en Armórica, al noroeste de la Galia, única parte del país que se resiste a ser conquistada por el temible Julio César. En ellas aparecen otros personajes, como el jefe de la aldea Abraracúrcix, siempre transportado sobre su escudo, el bardo Asurancetúrix, que acaba amordazado al final de cada celebración, o el druida Panorámix, encargado de preparar la poción mágica que les atribuye a los galos la fuerza sobrehumana con la que hacer frente a las nutridas legiones romanas.
Este popular cómic francés, más famoso que Tintín y que en España fue publicado por primera vez en 1965 por la editorial Molino y, posteriormente, por Bruguera, ha conseguido vender, con 1460 ediciones, más de 400 millones de ejemplares, ha sido traducido a 111 idiomas y dialectos, incluido el latín y el griego, y ha dado lugar a diversas series y películas, tanto de animación como de imagen real con la participación de actores de la talla de Gérard Depardieu o Monica Belluci, a videojuegos de distintas plataformas y hasta a un parque temático, convirtiéndose en un icono cultural que perdura en la memoria de generaciones de lectores.
Pero una representación de esta sitiada aldea gala también puede encontrarse en los confines del término municipal de San José. Porque allí, a lo largo y ancho de Playa d’en Bossa, uno puede deleitarse con enormes bloques de hoteles, con afamadas discotecas de moda, con coquetos beach clubs y hasta con una lujosa galería comercial. También con diversos, suculentos y costosos restaurantes gourmet como Sublimotion, Streetxo, Leña o Hell’s Kitchen, a cargo de ilustres y galardonados chefs de postín, que funcionan a modo de campamentos donde festejan las temibles hordas extranjeras. Pero tan solo a escasos metros, cruzando la carretera y tras discurrir medio centenar de metros por una angosta e irregular vía secundaria, se accede a Es Prat, un pequeño reducto rebelde que resiste estoicamente el asedio enemigo ofreciendo sus servicios de restauración a un público menos estacional y pudiente. Al frente de esta pequeña aldea payesa se encuentran Elías y Verónica, unos héroes que, entre el ruido procedente de las fiestas aledañas y de los aviones que prácticamente lo rozan, combinan a la perfección la inteligencia y la agilidad mental de Astérix con la fuerza física y emotividad de Obélix, consiguiendo hacer frente al todo poderoso Julio Cesar, el antagónico, estratega y ambicioso líder romano.
Ya saben que, como decía Obélix, «la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de actuar a pesar de él», porque estos personajes no necesitan sofisticados uniformes de diseño. Solo una camiseta negra. Tampoco modernas tablets para tomar las comandas, sino una simple libreta de las de toda la vida. Ni mucho menos pinganillos de esos con los que comunicarse, sino que prefieren un constante ir y venir a la cocina. No, no necesitan nada de eso para servir unos sabrosos montaditos acompañados de patatas con ajo, pimiento, huevo y sobrasada que hacen las delicias de adultos y niños cualquier tarde de verano al atardecer. Y es que, como decía Abraracúrcix, «la humildad es la antesala de la grandeza». ¿Qué sería de la población autóctona sin lugares como éste? ¿Dónde podríamos ir a cenar plácidamente con nuestros retoños sin que nos sangren mientras se divierten en su coqueto parque? Porque en este lugar, como en tantos otros como Can Sala, Oli, Can Costa o San Pablo, ha primado el ingenio y la astucia al poderoso caballero, permitiendo que grupos de amigos, compañeros de trabajo o simples padres del cole se reúnan para sociabilizar o celebrar sin tener que preocuparse en exceso por la dolorosa. Y es que, como decía Obélix, «la esperanza es nuestro escudo en los momentos más oscuros», y lugares como estos cumplen una labor social esencial para aquellos que no solo vienen de paso, sino que quieren echar raíces.
Por eso la pérdida de estos últimos reductos, en algunas ocasiones por cierre, otras por su transformación en costosos y excluyentes negocios, son especialmente crueles para la mundana y humilde ciudadanía. Porque son los únicos lugares que los mortales todavía podemos frecuentar relajadamente para disfrutar de una isla que se vende irremediablemente al mejor postor. Ya fue sentida la pérdida del bar Los Amigos en el barrio de Es Pratet, dónde podías meterte entre pecho y espalda un bocadillo trifásico de queso, lomo y bacon que quitaba el sentido mientras disfrutabas de los partidos del Athletic, como triste será sin duda la pérdida de los tradicionales chiringuitos de Es Puetó o de Cala Llonga sobre la base de la torticera excusa de proteger la costa mientras observamos cariacontecidos como la montaña de Cas Mut se decora con lujosas mansiones de bloques de cemento que afean gravemente el paisaje. Venga, cada vez más lujosos yates, más jets privados y más camas balinesas alquilables por un pico que privan a los residentes de los pocos placeres de la isla haciendo bueno aquello que decía Julio Cesar de que «el poder no es de quien lo tiene, sino de quien lo disfruta».
Y encima, por si faltara algo, resulta que quieren ampliar el aeropuerto… ¡Por Tutatis! ¡Estos romanos están locos!