No me atrevo a comer pollo cuando voy a Londonistán. Ahora que han superado las vacas locas prefiero el roastbeef de Simpson´s o el lenguado de Scott´s; también alguno de sus magníficos restoranes indios, pues han sido los inmigrantes de sus antiguas colonias quienes han enseñado a comer mejor a los británicos. Y como puedo cansarme pronto de la cerveza tibia – lo peor para mi gota—, me obligan a pagar salvajadas por una botella de Burdeos o Rioja, que saben a gloria bendita en tan bárbaras latitudes.
Y no me escandaliza la última campaña publicitaria sensacionalista (no hay verano sin ella) que compara el pollo inglés alimentado con antibióticos con una novia drogada en Ibiza. Nuestros serios fariseos fenicios se rasgan las vestiduras, carecen de sense of humour. Y ‘drogas’ es una palabra tabú para los burrócratas, cuya única política al respecto es mirar para otro lado y negar la realidad. Pues, ¿quién duda que el pollo inglés es un transgénico andante o que la novia se droga hasta perder la conciencia antes de casarse con el hooligan de turno?
Los excesos copan el verano ibicenco y muchos los promueven y hacen negocio con ellos, a menudo con licencia del alcalde de turno. William Blake opinaba que el camino de los excesos lleva al palacio de la sabiduría. Pero el poeta místico se refería a algo más elevado, que la excesiva vulgaridad dominante hace creer que el hombre no viene del mono sino viceversa.
Aún recuerdo cuando una novia inglesa pretendía hacerme probar ese cocktail de horda llamado Tampvodka. Consiste en empapar támpax en vodka e introducirlo por alguno de los orificios del chakra del muladhara. La cogorza es tan instantánea como la limpieza de bajos, cochina pena de malgastar la vodka.