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Opinión

Sólo un instante

| Ibiza |

Duró poco. Por unas horas tan escasas como deliciosas, España se abrazó más allá de ideologías. La final del mundial de fútbol sacó nuestra mejor versión como sociedad y consiguió arrebatar un sentimiento de identidad y orgullo que habitualmente se relaciona con un posicionamiento político. Sacar a relucir la bandera no dio vergüenza. Por sorprendente que pueda parecer, los españoles somos esos que enarbolamos cualquier bandera extranjera o cualquier reivindicación más allá de nuestras fronteras, pero pensamos que la nuestra es un peligroso símbolo nacionalista. Nuestra bandera no tiene ideología ni afinidad política, es un símbolo nacional que, per se, no vale nada, pero que en su adecuado contexto lo es todo: la libertad, la democracia y la vida.

Lamentablemente, sufrimos un contexto de polarización social en el cual el más crispado presume de ser el más intelectual. Como diría el maestro Rajoy: cuanto peor, mejor. El tóxico que se queja por todo revela en realidad una falsa superioridad moral. Su pesimismo es en realidad pereza intelectual, por cuanto nada nunca será lo suficientemente bueno y todo es siempre mejorable. Las redes sociales son una vitrina perfecta de indigentes intelectuales berreando por sus filias y fobias. Esta visión nihilista es alimentada por ciertos sectores políticos interesados en desnaturalizar las raíces y la moral occidental para abrazar la homogénea y suicida globalización que nos convierte en números inermes e indefensos. Alimentados por el odio, nos motivan a destruir las estructuras tenemos para resistir los embistes de la adversidad: la familia, el arraigo y la nación (no el Estado). Vulnerables y dependientes nos tienen mansos. Las sombras de la crispación no nos dejan ver la luz de la prosperidad fuera de la cueva.

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