A veces nos dejamos llevar por opiniones que reproducimos como loros por pereza intelectual. Es más fácil culpar de todos los males a los de fuera (ya sea el turismo o los inmigrantes), que hacer un juicio crítico de la magnitud real de esos males y sus efectos en nuestra vida. Es más fácil dejarse embriagar por las sensaciones que dejarse convencer por los datos. Sí, Eivissa ha llegado a su límite de presión demográfica. Entonces ¿qué hacemos? Además de lamentarse en un perenne aullido improductivo, sería conveniente que algunos empezaran a quejarse menos y plantear más soluciones efectivas. El problema de la vivienda y la masificación no se solucionan por decreto. Hay que ser algo más ingeniosos. Ya sabemos que prohibir por prohibir o limitar por limitar tiene máscontrariedades que efectos prácticos. Los ibicencos nos hemos dejado llevar por una imagen catastrofista que interesa políticamente a un sector muy concreto. Pero los datos nos dicen otra cosa. Las medidas menos demagógicas y más técnicas que ha impulsado el Consell esta legislatura han demostrado ser eficaces.
Algunas han sido incluso pioneras, mereciendo el halago de otros destinos con una tensión demográfica similar a la nuestra. La limitación de vehículos ha supuesto que el verano pasado tuviéramos 15.475 coches menos que el año anterior y un 74% menos de caravanas. El índice de presión humana sobre la isla también se ha reducido gracias a la eliminación de buena parte de la oferta turística ilegal con una media diaria de 13.000 personas menos. Se han suprimido 14.500 plazas turísticas de la oferta irregular y se han bloqueado más de 4.000 nuevos anuncios antes de su publicación. Con más discreción que marketing, Eivissa está corrigiendo su rumbo para bien. Hiperventilar no nos salvará.