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Opinión

Moros en la costa

| Ibiza |

l rey pirata Hayrettin Barbarroja dejó un caballo blanco en una playa menorquina con un mensaje atado a su crin: «Soy el trueno de los cielos. Mi venganza no se saciará hasta que os haya matado a todos y esclavizado a vuestras mujeres e hijos». Y después de sembrar la destrucción y llevarse a miles de cautivos en Menorca, vino navegando hasta Espalmador y Formentera, que durante siglos fueron bases habituales de piratas berberiscos. Era una época muy dura de la que viene la expresión de si hay o no moros en la costa.

Pero Barbarroja no era moro sino un cristiano renegado de la dulce y sáfica isla de Lesbos. Formidable navegante, se convirtió al islam y fue nombrado almirante del sultán otomano, quien, viendo que no podía controlarlo, prefirió tenerlo a su servicio, al menos oficialmente. Con ochenta años seguía mandando razzias y durmiendo con esclavas, asolando las riberas mediterráneas de España, Italia y Francia. Murió antes de la batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos», según Cervantes, quien luchó al lado de Don Juan de Austria y el marqués de Santa Cruz para cambiar el dominio de los mares. Por cierto que Don Juan tuvo una clave mágica: bailó una gallarda en el alcázar de su nave antes de batallar. Era un caballero renacentista y príncipe romántico, quien, en su lecho de muerte, confesó que había pasado la vida construyendo castillos en el aire...

Pero los ataques seguían sucediéndose. Pocos años después los piratas se llevaron cautivos a cientos de ibicencos del barrio de La Marina. Y claro, los ibicencos se hicieron corsarios a sangre y fuego, defendiendo sus islas y haciendo fortuna y gloria.

Actualmente son pateras llenas de desesperados las que se acercan a la costa pitiusa.

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