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El arte del Monopoly

| Ibiza |

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El arte, en cualquiera de sus disciplinas, ha servido a lo largo de su historia como testimonio de la sociedad de cada época. El Barroco, por ejemplo, fue también expresión de una Europa marcada por las crisis, las guerras, las enfermedades, los conflictos religiosos y la incertidumbre. Basta con contemplar una pintura de Caravaggio, con su tenebrismo y su crudeza, de Rubens, con la teatralidad y el dinamismo de sus composiciones, o de Velázquez, para adentrarse en las contradicciones de aquel siglo XVII.

De la misma manera, el arte del siglo XXI estaría retratando a día de hoy una época en la que se sobrevalora la mediocridad y se confunde precio con valor. Una época en la que el talento queda eclipsado por la agenda de contactos, la notoriedad por la calidad y el criterio artístico por el especulativo.

Así, quizá sean precisamente algunos de los artistas más sobrevalorados de nuestro tiempo los que, dentro de unos siglos, sirvan a nuestros descendientes para entender la decadencia de nuestra era. Artistas como Alec Monopoly, cuyo trabajo se basa fundamentalmente en la repetición de un icono reconocible hasta la saciedad, con una ejecución técnica que difícilmente justificaría por sí sola el valor alcanzado por sus obras.

La elección del personaje, además, resulta paradójica. Mr. Monopoly, símbolo universal del dinero, la propiedad y el capitalismo, podría confundirse fácilmente como una herramienta de crítica al sistema. El problema aparece cuando esa supuesta crítica acaba convertida en una extraordinaria operación de marketing. Sus colaboraciones con marcas como TAG Heuer, Philipp Plein, W Hotels, CoverGirl o Vitamin Water plantean una contradicción difícil de ignorar: el artista que utilizaría la iconografía del capitalismo como objeto de crítica ha conseguido convertir esa misma iconografía en su propia marca comercial.

Y no deja de resultar curioso que, para reforzar ese personaje, Alec Monopoly haya optado también hasta hace muy poco por ocultar su rostro. ¿Se cree Banksy? La diferencia es que, mientras el anonimato de Banksy constituye una parte esencial de su discurso, en Alec Monopoly parece funcionar también como un elemento más de su estrategia de marca. Su nombre real, Alec Andon, lleva años publicado.

Pero quizá lo más significativo no sea el propio Alec Monopoly, sino el sistema que lo ha convertido en un fenómeno. Un sistema en el que la obra puede quedar relegada frente al personaje, en el que la firma puede pesar más que la pintura y en el que la capacidad para generar notoriedad en las redes puede terminar teniendo más valor que el talento artístico. Un sistema, en definitiva, en el que el precio de una obra puede llegar a ser mucho más importante que su valor.

De esta manera, la inauguración de su nueva escultura en Ibiza bien podría considerarse como un buen ejemplo del arte de nuestros tiempos. Su ubicación, inmejorable en este sentido.

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