Las clases en Baleares comienzan este jueves y lo hacen en medio de un calor insoportable tanto por las elevadas temperaturas como por la humedad. Ayer tuve que ir a la reunión para conocer a la nueva tutora de mi hija y el aula era un auténtico horno. La profesora explicó que la AMIPA llevará ventiladores en los próximos días para que estar allí dentro no sea algo parecido a un infierno con olor a lápiz.
Me acordé mientras sudaba de los últimos días del pasado curso, cuando mi hija, que tiene ocho años, salió más de un día del colegio diciendo que estaba mareada, que se sentía mal y que no aguantaba el calor. Me acordé también del conseller de Educación, Antoni Vera, vendiendo de nuevo este pasado lunes un plan de climatización que, visto lo visto, tiene más trabajo que la construcción de la depuradora de Ibiza. 20 años estuvimos esperando a que el Gobierno central la levantara. Y, al paso al que vamos, me temo que harán falta dos legislaturas más para que nuestros hijos tengan eso que llaman confort climático cuando van a clase.
A mí me preocupa muchísimo que mi hija, igual que todos los niños de estas islas, tenga que pasar semanas en un horno escolar desde las 9.00 hasta las 14.00 horas por la dejadez y la desidia de las administraciones. Me preocupa muchísimo porque a nadie se le escapa que el calorazo es de lo más desagradable. Y si como adultos no se nos pasa por la cabeza prescindir del aire acondicionado cuando trabajamos (que sí, que los que curran en la calle no tienen eso, pero hablamos de gente trabajando en interiores), no sé por qué aceptamos que nuestros hijos tengan que estudiar en esas condiciones. Aplica lo mismo para los profesores que están en esas mismas aulas sudando la gota gorda.
El conseller Vera habló de un plan piloto en 2023. Estamos en 2026 y seguimos pilotando. A ver si en algún momento hay suerte y aterriza donde tiene que aterrizar.