La diferencia entre aquel Gobierno del PSOE, que construyó las bases para que España se pusiera en los puestos de cabeza de la Alta Velocidad, y este, que ha convertido los retrasos de los trenes en la normalidad que existe en Ceuta, es la misma que hay entre Felipe González y Pedro I, El Mentiroso. Incluso si hablamos de la familia, la distancia entre la esposa del mentiroso y la de aquel es abisal y ya, si vamos a hermanos, a mí el hermano de Alfonso Guerra me caía simpático, mientras que el hermano músico debe ser un gran director, bajo palabra de honor, pero en la sala de un juzgado parece un becario sin futuro.
Si, además, el CEO de la empresa socialista y dueño —por ahora— del mayor paquete de acciones anuncia que, cuando se produzca el Concurso de Acreedores, va a estar asistido por el conocido coleccionista de joyas, José Luis Rodríguez Zapatero, tengo la impresión de que los acreedores, que han puesto ilusión, años de esfuerzo y mucho trabajo, urdirán alguna operación para que el PSOE no termine en una ruina irreversible. Entiendo a los ministros que se aferran al cargo por dos razones: una, porque su futuro es ser exministros; y dos, porque algunos de ellos jamás podrán encontrar una nómina como la que disfrutan ahora y unos privilegios que nunca les ofrecerá ninguna empresa.
Pero no entiendo que políticos valiosos del PSOE, que desempeñan, con honestidad y eficiencia, puestos de concejales, diputados provinciales y autonómicos y consejerías, arruinen su futuro en aras de una fidelidad imposible, porque Pedro I, El Mentiroso, cada día les arrebata la ideología, la ilusión y la esperanza. Si los socialistas confunden el PSOE con Pedro I, El Mentiroso, y eligen el destrozo del partido por una fidelidad que no deben a nadie, allá ellos.