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Los europeos vivimos preocupados por lo que está ocurriendo hoy en el mundo, pero como espectadores, como testigos; nada trascendental tiene a Europa como protagonista; no estamos en el centro de ninguna gran decisión. Lo que verdaderamente importa pasa por Washington. Sabemos de los espectáculos de Trump casi en directo, pero apenas tenemos idea de lo que nos ocurre a nosotros. De hecho, nadie va a comentar el discurso anual de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, sobre ‘El Estado de la Unión’, pronunciado este miércoles. A pesar de que este discurso tenía la particularidad nada desdeñable de que nos afecta a nosotros, el interés que suscita es tan mínimo como discursos similares pronunciado por nuestros políticos de Mallorca: son ceremonias rutinarias, insulsas, vacías. Que este discurso sea un invento muy nuevo, que no esté nada claro que quién manda en Bruselas sea Von der Leyen, que el Parlamento Europeo tenga un papel irrelevante, que todos sepamos que Europa es lo que diga París y Berlín, influye para que esta intervención no interese.

Los pocos titulares que publicó la prensa sobre este discurso hicieron referencia a que Europa pretende ser un usuario aventajado de la Inteligencia Artificial, lo cual está bien pero significa definitivamente que dejamos de lado el protagonismo de ser creadores de una tecnología que está en manos de Estados Unidos en primer lugar y, un poco más atrás, de China, para resignarnos a la condición de usuarios. Nosotros, a pagar patentes. Y eso es lo que proclamó Von der Leyen, aparentemente con satisfacción.

También ocupa espacio en los titulares de la prensa la ovación a Canadá, que podría incorporarse como miembro asociado de la Unión Europea. Mark Carney, el primer ministro de ese país, estaba en el hemiciclo y fue aplaudido con entusiasmo aunque, en realidad, todos entendemos que ese era un mal disimulado abucheo a Trump. La comparación de Europa con Canadá es muy interesante: Trump, en una de sus locuras, impone aranceles indiscriminadamente a todo el mundo, incluso a sus socios más fieles; Europa responde callando y aceptando que sus productos pierdan competitividad ante su socio americano –significativamente, Von der Leyen firma el acuerdo un domingo de noche en un hotel de Trump en Escocia, lo cual ya es clarificador–; Canadá, en cambio, contesta a Trump con aranceles en represalia, mostrando que no está dispuesta a callar ante el atropello. En su discurso del miércoles, Von der Leyen celebró la relación con Canadá, pero no mencionó para nada la terrible cobardía de Europa ante los abusos de Trump. Ese silencio también habla de nuestro continente.

Otra definición de cómo es Europa es que celebramos con aplausos esa condición de socio que daríamos a Canadá y que no existe en el ordenamiento jurídico, sin embargo, la misma Europa que aplaude a Canadá tiene bloqueada la ratificación de los acuerdos CETA ya firmados con Ottawa y que, por ese motivo, no entran en vigor. Recordemos que el acuerdo con el Mercosur, mucho más beneficioso para Europa, tardó más de veinticinco años en ser ratificado, lo cual también habla de nosotros.

Naturalmente, si existiera esa condición de socio, lo lógico es que se aplicara inmediatamente a Gran Bretaña, con quien Europa tiene una relación comercial intensa, propia de un país que hasta hace nada fue integrante de la unión. Pero es que esa figura no existe y nadie sabe de dónde sale. Tampoco existe un procedimiento para escoger a los socios. Puede ser Canadá, pero por qué no Ucrania o Islandia.

La inanidad de la Comisión Europea se revela también en la afirmación de que Ceuta es una frontera exterior de la unión. Por supuesto lo es, pero es evidente que tener que recordarlo en un discurso de este nivel significa que nadie lo cree. De hecho, los primeros que no creen que Ceuta sea una frontera europea son los marroquíes que cruzaron a España sin observar en ningún momento ninguna reacción europea. Que agosto sea un mes de descanso en Bruselas no debería ser un motivo suficiente para la inacción.

En cualquier caso, lo más triste es la ausencia de una esfera pública europea, problema estructural de nuestro continente. Cuando un político como Von der Leyen pronuncia un discurso relevante, la esfera pública debería hacer de caja de resonancia, los medios tendrían que comentar su contenido, los ciudadanos debatirlo. En Europa nada de eso ocurre; nadie sabe qué agenda tiene Bruselas, quién es Von der Leyen, qué se puede esperar, para qué sirven sus decisiones. En la esfera pública circulan las opiniones, las valoraciones, pero en nuestro caso nadie sabría decir de qué hablamos. Nadie en España –ni en Europa– conoce los integrantes de la Comisión, ni sus competencias, ni su ideología, ni sabemos quién preside el Parlamento Europeo o qué país es el actual presidente del Consejo.

Toda esta confusión es lógica porque pocos pueden entender que Von der Leyen no haya escogido a sus compañeros de equipo. Que una conservadora como Von der Leyen tenga como vicepresidenta a una socialista como Ribera, justamente cuando los socialistas ya no pintan nada en el Parlamento Europeo explica, en parte, la inoperancia institucional de nuestras instituciones. En última instancia, esto provoca que Bruselas sea el reino de trapicheo, del intercambio de favores para que nadie quede en evidencia.

El resultado clamoroso es la irrelevancia. Europa hoy es, sobre todo, irrelevante.

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