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Verano del 42

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Durante el verano del 42 los ingenuos jóvenes Hermie, Iscy y Bejie disfrutaban relajadamente de sus vacaciones estivales en las bravas playas de Nantucket, en el estado de Massachusetts, una isla de la costa atlántica de los Estados Unidos. Pero mientras jugaban a las batallas agazapados en la cima de un acantilado observan como una nueva pareja se instala en el pueblo. Él es un soldado que es enviado al frente durante la Segunda Guerra Mundial perdiendo la vida. Ella una hermosa mujer que borrará para siempre la inocencia del rostro de Hermie cuando, tras conocer la muerte de su marido, mantiene un romance con el joven durante una noche justo antes de desaparecer de su vida. Aquel verano sería inolvidable. Fue la primera vez que se enamoró, pero también en la que conoció el dolor y el desconcierto de la madurez. En aquel justo momento, cuando aprendió que el deseo no siempre viene acompañado de la felicidad, dejó de ser niño para entrar de lleno en el mundo adulto.

Esta es la historia de Verano del 42, una delicada, sensible y melancólica película estadounidense estrenada en 1971, dirigida excepcionalmente por Robert Mulligan, afamado director de Matar a un ruiseñor, y protagonizada por la bella Jennifer O’Neill junto a Gary Grimes, Jerry Houser y Oliver Conant a la que le siguió sin pena ni gloria la secuela Curso del 44. Nominada a cuatro premios Oscar, y ganadora del de mejor banda sonora original obra de Michel Legrand, está basada en los recuerdos del escritor y guionista Herman Raucher cuando tenía 14 años, que aprovechó el guion de la película para publicar una novela homónima convertida en un best seller. En ella, sin grandes artificios cinematográficos, pero con la cálida y luminosa fotografía de Robert Surtees, se transmite la idea de que un verano junto al mar, entre bicicletas y atardeceres, nos puede cambiar la vida para siempre. Porque lo importante no es lo que ocurrió durante aquellos meses, sino la nostalgia con la que los recordaremos el resto de nuestras vidas como pellizcos de eterna felicidad.

Y es que los recuerdos de nuestros veranos, los de antes, no tienen nada que ver con los de ahora. Entonces nos desplazábamos en viejos coches sin aire acondicionado, tablets o navegador, sin cinturones de seguridad debidamente abrochados ni sillitas con sofisticados sistemas isofix. Íbamos cargados hasta las trancas, como si abandonáramos la ciudad con todas nuestras pertenencias ante la inminente llegada del apocalipsis. Tu padre conducía fumando y escuchaba tablero deportivo o algún casete de gasolinera. Tu madre recordaba siempre a medio camino que se había olvidado de algo mientras nos suministraba sabrosos bocadillos con pan de ayer. Nosotros jugábamos al veo veo o entonábamos las canciones de los payasos de la tele. Comenzaba una nueva aventura.

Algunos tomaban el camino de los apartamentos en las zonas costeras, donde se embadurnaban de crema Nivea, navegaban en barcas de pedales, veían pasar avionetas con publicidad, se enterraban en la arena de la playa, aguardaban dos horas de digestión después de comer y antes de bañarse, se zampaban un polo Camy por cinco duros, enviaban postales del lugar a sus allegados para dar envidia, guardaban sus pertenencias en un bote hermético colgado al cuello y se atiborraban a todo lo que sus madres habían envasado cuidadosamente en desgastadas fiambreras depositadas en una pesada nevera de plástico blanco y azul.

Otros lo haríamos hacia el pueblo de nuestros abuelos, esos que te daban siempre algo a escondidas como si de droga se tratara. A esa España rural llena de mujeres enlutadas desde siempre, de hombres de manos curtidas consumidos por los años de duro trabajo en el campo, de casas con las puertas abiertas de par en par donde para ser reconocido usabas el mote de tu familia. A esas calles de tierra y cantos rodados donde tras tres meses de estancia volvías más asilvestrado que Mowgli y con las rodillas en carne viva como medallas por cada batalla librada. Aquellos veranos sin teléfonos móviles, redes sociales, consolas, Netflix e internet eran el momento de vivir despreocupados, sin las fronteras físicas y las reglas proteccionistas que imponía la siempre peligrosa ciudad, de gozar de absoluta libertad de movimiento y de una mayor flexibilidad horaria. El paraíso en la tierra.

Esos eternos meses nos traen a la memoria las fotos de carrete que había que llevar a revelar, los desviados rifles de la feria, los playbacks con coreografía incluida, las siestas interminables con los tours de Perico Delgado e Indurain, el madrugón para ver la final olímpica de baloncesto de Los Ángeles, las series como El superhéroe americano, El halcón callejero o El coche fantástico, los recopilatorios del Caribe Mix, el mercadillo de los jueves, los chinitos de la suerte, el reloj calculadora, el cine de verano, las incursiones nocturnas a la piscina municipal, las partidas de frontón, los carros de roces, los baños en el pantano, las llamadas desde la cabina, las noches al fresco o las fiestas de la Virgen, con sus procesiones, vaquillas, pólvora y toros. Aquellos estíos nos saben a gaseosa, a Tang y a Tulipán, pero también a pan con chocolate, a rolletes, a mazorcas de maíz, a bolsas de pipas, a moras del río y a todo tipo de cosas verdes en aguasal. Nos evocan los bailes de la verbena, los letales efectos de la primera borrachera y también el hormigueo que provoca un primer amor como el de Hermie.

Y así permanecíamos hasta que explotaba el último cohete de las fiestas del Cristo, ya con el frio visitándonos por las noches y con la cabeza puesta en la vendimia y en el inicio de un nuevo curso escolar. Ese último día hacíamos balance, con lágrimas en los ojos y con el corazón encogido. Y sí, sabíamos que después de un verano llegaría otro, pero nunca podríamos borrar de nuestra memoria aquel inolvidable verano del 42.

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