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Opinión

Puntería etílica

| Ibiza |

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Ayer estuve a punto de añadir otra muesca al revólver y abatir un dron en el jardín de casa. Con todos los excesos estivales, uno ya no está para permitir que le manden un robotito con cámara que zumba como mil moscardones a la hora de la siesta. Sintiéndome un muyahidín me dediqué a lanzar piedras contra el diabólico artefacto. No lo derribé (y eso que mi puntería estaba afinada por los palos con ginebra del aperitivo, el Can Rich del almuerzo, café caleta y armañac de sobremesa, que en Pitiusas la dieta líquida es distinta al Hindu Kush), pero al menos logré alterar su rumbo.

Luego me enteré que tal bichito pertenece a una compañía de fotos aéreas. Pero ¿con qué derecho se creen para sobrevolar a escasos metros de altura una propiedad privada? Desde que el Kaiser Guillermo puso el tren al nefasto Lenin—eso fue ciertamente el fin de Europa—, los excesos contra la libertad individual se han multiplicado. Por todas partes brotan pelmazos puritanos, vegetarianos y abstemios (tales son las características del dictador moderno a diestra y siniestra) ansiosos por vigilar nuestros cachondeos, escarceos y otros meneos.

Pero estos espantos de la fotografía se extienden imparablemente. Todo el mundo se cree con derecho a fotografiar al resto. Vas a una cita y quieren mostrarte vídeos del móvil. Si no cuelgan su ansiosa imagen en el internet onanístico, sienten que jamás han estado en ningún lado. En su ansia por capturar el presente, se olvidan de vivirlo. Empiezo a creer, como un tuareg, que tales fotos dañan el alma y la imaginación.

Para serenarme de la batalla contra el dron, he preparado un Sazerac y releo los versos de Ficino: «Todo va del gozo al gozo. Regocíjate en el presente».

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