Entre 2.100 y 15.000 ibicencos se echaron a la calle el domingo para mostrar su rechazo a la ampliación/modernización del aeropuerto. Si estos datos fueran una encuesta, el margen de error sería del 75,4%. Los resultados quedarían anulados para cualquier persona con un mínimo de entendimiento.
La cifra de 2.100 fue la que vi yo contar, uno a uno, a dos periodistas en los que confío. Pudo añadirse gente en el recorrido. Pero resulta muy extraño que se sumara más de la que salía del paseo de Vara de Rey. Esto es Ibiza, no Barcelona, Madrid o NY.
La cifra de 5.000 es la que dio la Policía Nacional a la Delegación del Gobierno y la oficial. ¿Hinchada? Seguro. ¿Por qué? Tengo mi tesis pero, si la explico, me meteré en otro lío, así que paso.
La cifra de 15.000 es la de la organización. Ampliada, como era de esperar. Aunque se les fue la mano. Como cuando los indepes anunciaron 1,6 millones de personas en la Diada separatista de 2013 y la realidad fue de unas 800.000. Lo sé porque fui yo la orate a la que se le ocurrió la idea de reunir a un grupo de 20 personas para contar manifestantes en lo que llamaban «la gigafoto». Encontramos ponies, perros, tablas de surf y muchos menos cándidos de los que nos habían vendido y que medios y políticos habían comprado. Como verán, la incoherencia suele estar en la base de cualquier movilización en forma de número. En el caso de la protesta de Ibiza, va más allá. Por ejemplo, ¿por qué vociferar a las puertas del Consell si no tiene ni la más mínima competencia en este asunto? Ejemplo dos: ¿por qué el presidente Marí les da la enhorabuena cuando han ido a gritar a las puertas del Consell? Y ejemplo tres: ¿qué pintaban los socialistas escondidos entre la gente si la ampliación la promueve su gobierno? Al final, lo más divertido de una manifestación está en contar los números. Y, con suerte, en quemar contenedores.