Todo el mundo habla de turismo sostenible, regenerativo y, más recientemente, generativo. Son conceptos que dan para muchas conferencias, planes estratégicos y artículos. Cada uno parece superar al anterior: primero intentamos reducir el daño, después reparar lo deteriorado y ahora aspiramos a que el turismo deje el territorio mejor de como lo encontró.
El problema llega cuando termina la conferencia, se apagan las pantallas y regresamos a la realidad y surgen nuevas preguntas: ¿Qué significa exactamente regenerar un destino?, ¿Cómo sabemos si una actividad turística está mejorando un destino?, ¿Qué debemos medir para contrastarlo?, y, sobre todo, ¿cómo convertimos esas palabras en acciones concretas?
No conocí la Ibiza anterior al desarrollo turístico y tampoco viví directamente las grandes transformaciones del siglo pasado. Mi mirada es reciente y necesariamente limitada, pero ocho años en Ibiza dan para mucho.
Conversaciones con personas nacidas aquí y con personas llegadas de fuera. Con empresarios, trabajadores y jóvenes que buscan su primera vivienda. Con familias que hacen números cada mes. Con profesionales que encuentran trabajo y descubren después que lo verdaderamente difícil es encontrar un lugar donde vivir. En muchas de esas conversaciones aparece la misma contradicción:
En Ibiza hay oportunidades, pero cada vez resulta más difícil construir una vida.
Pensando en ello, una tarde de domingo dibujé una pirámide sobre un papel.
Empezar por la base
Los antiguos egipcios no comenzaban las pirámides por la cima. Preparaban el terreno y levantaban la estructura desde abajo, hilada tras hilada, y siempre antes de colocar las piedras de arriba. La cima solo podía elevarse porque existía una base sólida.
Es una obviedad que para construir algo sostenible no basta la velocidad ni el entusiasmo. Hace falta tiempo, organización, paciencia y la seguridad de que cada nivel podrá soportar el siguiente, y pensé que quizás el turismo necesita recuperar precisamente esa lógica.
Nos hemos acostumbrado a mirar hacia arriba: más visitantes, más conexiones, más inversión, más notoriedad y más reconocimiento internacional, pero pocas veces nos detenemos a comprobar si cada nivel inferior está suficientemente reforzado.
Una teoría antigua para un nuevo enfoque
La pirámide que dibujé esa tarde de domingo era la de Maslow. Una teoría muy conocida y visual que organiza las necesidades humanas en diferentes niveles. En la base coloca aquello que necesitamos para vivir, después aparecen la seguridad, la pertenencia y el reconocimiento, y en la cima sitúa la capacidad de desarrollar nuestras posibilidades y realizar nuestros propios proyectos.
Maslow pensaba en las personas, no en los territorios, pero quizás puede ayudarnos a aterrizar los grandes conceptos del turismo sostenible, regenerativo o generativo. Puede permitirnos ordenar prioridades y hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Qué niveles de la pirámide fortalece el turismo y cuáles está poniendo bajo presión?
Cuatro pirámides para explicar Ibiza
La imagen que acompaña estas líneas representa cuatro momentos de la historia reciente de Ibiza, de forma visual.
1950-1970: asegurar lo esencial
La primera pirámide representa una Ibiza austera, vinculada al campo, al mar, a las salinas y a las redes familiares. No viví aquella época. La conozco por lo que he leído y, sobre todo, por lo que cuentan quienes sí la conocieron. Había arraigo y comunidad, pero también escasez y pocas oportunidades. La prioridad era garantizar la alimentación, el agua, la vivienda y los medios de subsistencia.
La pirámide tenía una base sencilla y una cima todavía muy pequeña.
1970-1990: el turismo como ascensor social
La segunda pirámide representa la llegada de las oportunidades. El turismo creó empleo, empresas, infraestructuras y seguridad económica. Permitió mejorar viviendas, abrir negocios, pagar estudios y planificar el futuro con una confianza antes desconocida.
Durante aquellos años, el turismo fue mucho más que una industria. La base se reforzó y, sobre ella, comenzaron a levantarse nuevos niveles de bienestar.
1990-2010: Ibiza alcanza la cima
La tercera pirámide muestra el momento en que Ibiza se convirtió en una marca mundial.
La música, la gastronomía, el paisaje, la cultura y una determinada idea de libertad situaron a la isla en el imaginario internacional. Llegó inversión, creatividad, proyectos y talento. Ibiza alcanzó los niveles superiores de la pirámide: reconocimiento, innovación y capacidad de atracción.
Pero el mismo éxito que elevaba la cima fue aumentando la presión sobre la base.
El suelo adquirió un valor extraordinario. La vivienda dejó de ser solamente un lugar donde vivir. Aumentaron las necesidades de agua, energía, movilidad y servicios. La isla crecía hacia arriba, pero la base cada vez soportaba más presión.
Desde 2010: la cima brilla, la base se agrieta
La cuarta pirámide representa la Ibiza que yo he conocido durante estos ocho años, una isla admirada internacionalmente, llena de actividad y con una capacidad extraordinaria para atraer visitantes, inversión y talento, pero también una isla donde una persona puede encontrar trabajo y no encontrar vivienda.
Es habitual que una empresa pueda tener clientes y no donde alojar a sus empleados. También lo es que un hospital, un colegio, un hotel o un servicio técnico puedan necesitar profesionales que no logran establecerse.
Creamos actividad, pero no siempre estabilidad. Atraemos talento, pero nos cuesta retenerlo. Recibimos a muchas personas, pero eso no significa necesariamente que estemos construyendo más comunidad.
La cima continúa creciendo mientras algunas piedras de la base empiezan a moverse, y ninguna pirámide puede sostenerse indefinidamente de esa manera.
Evolución de la pirámide del bienestar en Ibiza, 1950-2025
Las cuatro pirámides mostrarían visualmente cómo ha evolucionado el peso de las necesidades básicas, la seguridad, la pertenencia, el reconocimiento y la autorrealización.
En la base de la pirámide están la vivienda, el agua, la energía y los recursos esenciales.
Si hablamos de turismo sostenible, deberíamos comprobar si cada nueva actividad protege esos recursos o aumenta su deterioro. Y después actuar: ahorrar y reutilizar agua, rehabilitar vivienda existente, facilitar alojamiento para trabajadores y adaptar las infraestructuras a la presión real que reciben.
El siguiente nivel es la seguridad. aquí deberíamos preguntarnos no solo cuántos empleos crea el turismo, sino cuánto duran, qué salarios ofrecen y si permiten vivir en Ibiza. Crear empleo no basta si ese empleo no permite construir un futuro.
Más arriba aparece la pertenencia, es decir, como una actividad turística puede funcionar correctamente desde el punto de vista económico y, al mismo tiempo, vivir completamente de espaldas a la comunidad. Por eso deberíamos observar si esa actividad turística colabora con asociaciones locales, integra a quienes llegan, utiliza espacios de manera responsable y contribuye a reforzar los vínculos de la isla.
Después llega el reconocimiento. Ibiza ya posee una marca internacional extraordinaria. La cuestión es si esa reputación devuelve valor a la agricultura, la artesanía, la cultura, la gastronomía y las empresas locales que dan personalidad al territorio.
No basta con utilizar el nombre de Ibiza. Hay que contribuir a sostener aquello que hace valioso ese nombre.
En la parte superior está la autorrealización. Aquí hablamos de formación, innovación, emprendimiento y oportunidades para los jóvenes. De crear actividad durante todo el año, de permitir que una persona pueda crecer profesionalmente sin tener que abandonar la isla.
Eso sería realmente generativo: que el turismo no solo dejara ingresos, sino también capacidades, conocimiento, comunidad y futuro.
Una tarde de domingo
Mientras terminaba el dibujo pensé que quizá llevamos demasiado tiempo buscando palabras nuevas para definir el turismo que queremos: Sostenible. Regenerativo. Generativo.
Son términos ya aceptados, pero una palabra no construye una vivienda, no ahorra un litro de agua, no crea comunidad, no consigue que una persona joven pueda imaginar su futuro en Ibiza.
La pirámide de Maslow puede recordarnos una idea muy antigua y muy sencilla: ningún nivel debería ampliarse sin comprobar antes la solidez del que tiene debajo.
Yo no nací aquí, por eso escribo con prudencia y respeto, pero vivir en un lugar también significa dejar de comportarse como un visitante. Significa escuchar, implicarse y asumir una parte de responsabilidad sobre lo que ese lugar llegará a ser.
Los egipcios necesitaron tiempo, paciencia y una visión que iba mucho más allá de una sola generación para levantar sus pirámides, pero nosotros parecemos tener siempre prisa: Prisa por crecer, por llenar, por promocionar, por inaugurar y por alcanzar el siguiente récord.
El turismo permitió a Ibiza elevarse hasta una altura extraordinaria, ahora debemos decidir si queremos continuar colocando piedras en la cima o dedicar el tiempo necesario a reforzar la base, porque las grandes pirámides han sobrevivido miles de años no por la belleza de la última piedra, sino por la firmeza de todas las que cimentan su base.