El Sindicato de Inquilinas anuncia una huelga general en noviembre, en plena campaña electoral, convencidos de que es «la única manera» de lograr sus objetivos. Cometerían un grave error si confunden el instrumento con el objetivo. Una huelga, como cualquier movilización social, sólo tiene sentido dentro de una estrategia para lograr resultados concretos, definidos y posibles. Porque al día siguiente de la huelga general, aunque sea todo un éxito, algo que no se puede saber con antelación, ¿qué harán? ¿Otra huelga? Y si fracasa, ¿qué? La presión social necesita siempre un interlocutor y una salida negociada. De lo contrario, acaba convertida en una demostración de fuerza sin resultados. Además, el adelanto electoral cambia el escenario. Con las Cortes disueltas y un Gobierno en funciones, su capacidad para abordar reformas estructurales de calado está limitada. La crisis de la vivienda es real, profunda y angustiosa, pero no admite soluciones instantáneas ni decretos improvisados. Corresponderá al Ejecutivo que salga de las urnas el 29 de noviembre afrontar el problema con una mayoría parlamentaria que le respalde. La misma reflexión deben hacerse los sindicatos médicos con la huelga indefinida prevista para el 28 de octubre. Sus reivindicaciones pueden ser razonables, pero sin un interlocutor político estable a quien presionar y con capacidad para alcanzar acuerdos, la movilización será inútil. Y perjudicial para pacientes y profesionales. El Sindicato de Inquilinas pueden, si quieren, atribuirse el éxito de haber forzado el final de la legislatura. No es poca cosa. Pero ahora han de decidir si quieren influir en el futuro Gobierno para solucionar el problema o limitarse a mantener la protesta como un fin en sí mismo. Si optan por lo segundo, dejarán claro que no les interesa el diálogo, sino la imposición. Y alimentarán la frustración ciudadana.
Opinión
¿Y después de la huelga, qué?
Joan Miquel Perpinyà | Ibiza |
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