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Mari Carmen y sus muñecos

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María del Carmen Martínez-Villaseñor Barrasa, famosa humorista y ventrílocua conquense, fue popularmente conocida por la irreverencia de sus muñecos. Fue pionera, junto a las míticas Lina Morgan y Florinda Chico, en un panorama humorístico copado hasta entonces en su práctica totalidad por hombres hasta convertirse en protagonista indiscutible de la cultura popular patria. Mari Carmen participó en exitosos programas televisivos de variedades y actuó en las salas de fiesta más prestigiosas de nuestro país sirviéndose de sus entrañables muñecos como amables comunicadores animados de las preocupaciones y problemas más enraizados de nuestra nación. Si Nícol era un pato castizo, chulesco, descarado y pasota, Daisy era una adolescente contestataria, malhablada y revolucionaria, y Rodolfo un león entrañable, sensible y romanticón.

Pero de entre todos ellos destacaba el personaje de Doña Rogelia, una anciana cascarrabias y gruñona típica de cualquier localidad de la España profunda, pero natural de Orejilla del Sordete, que lucía enlutada de pies a cabeza, mostraba un acento manchego y estaba más sorda que una tapia. Junto a Mari Carmen repasaba la actualidad política española de forma satírica, socarrona y crítica mostrándose siempre escéptica ante las promesas de los dirigentes políticos de todos los signos, postulándose como alcaldesa de su pueblo bajo el partido «popular, socialista, de derechas y zurdos por si acaso» e incluso bromeando con poder depositar el voto fuera de plazo y hasta dentro de un botijo.

Sin embargo, ha sido otra Mari Carmen, conocida como Paquita por Bardem y tristemente fallecida, la que se convirtió en esta ocasión en la protagonista involuntaria del esperpéntico espectáculo representado con la excusa de la vivienda, un problemón de tres pares de narices que afecta a multitud de familias de nuestro país y que, como la corrupción sistémica, la vulnerabilidad de nuestras fronteras, la guerra sin cuartel contra el Poder Judicial, la ideología de nuestros periodistas, la unidad del Estado o el normal funcionamiento de nuestras instituciones democráticas, parece haberse convertido en un auténtico despropósito más propio de un programa de variedades de los protagonizados por Doña Rogelia en Noche Vieja que de un Estado de Derecho como el nuestro. Ya solo falta que salga Raphael cantando aquello de «qué pasará, qué misterio habrá, puede ser mi gran noche». Porque la situación creada desde entonces es parecida a la de si cualquiera de estos muñecos hubiera cobrado vida en una función macabra carente de sentido común en la que, en un delirio populista, tomara las riendas de la situación soltando un «esto lo arreglo yo, ¡sujétame el cubata!».

De los campamentos de la playa del Trampolín en Ceuta pasamos, por arte de birlibirloque, a los del quilómetro cero de la capital madrileña, donde todos parecen ser culpables menos el ventrílocuo que debe mover la boca con su mano. Allí, una octogenaria idéntica a otros miles de ciudadanos que se encuentran en la misma situación a diario, en medio de un escenario habitacional tercermundista que no se ha sabido atajar por nadie, se convirtió en la excusa perfecta y televisada para azuzar el avispero. ¡Que comience el show! Porque si el desahucio judicial tenía lugar el 26 de septiembre, tan solo tres días después ya se habían redactado dos Reales Decretos-Ley con medidas urgentes en materia de vivienda a modo de simples tiritas para cortar una enorme hemorragia por la que se desangran muchas economías domésticas. Pero la cosa no quedaba ahí, sino que, no ratificados por el Congreso el 2 de octubre, tan solo cuatro días después se volvían a publicar otras dos normas prácticamente idénticas que ahora, una vez convocadas elecciones y disueltas las cámaras, podrán ser aprobadas sin tantas estrecheces por la Diputación Permanente. ¡Voilà!

La primera prevé unas prórrogas extraordinarias para los contratos de arrendamiento, mientras que la segunda se centra en paralizar los desahucios de personas vulnerables. Vamos, lo mismo que ya viniera haciéndose desde el Covid con el Real Decreto-Ley 11/2020, prorrogado hasta el pasado 26 de febrero de este año, o como ya recoge en la actualidad el artículo 441 de la Ley de Enjuiciamiento Civil tras la reforma operada por la Disposición final Quinta de la Ley 12/2023 por el derecho a la vivienda. Pero no se cae en ningún momento en la cuenta de que la última ratio de la suspensión de los procedimientos de desahucio consiste estrictamente en que durante el tiempo que dura esta paralización las administraciones competentes en materia de vivienda puedan adoptar las medidas adecuadas para satisfacer la necesidad habitacional de la persona en situación de vulnerabilidad que garantice su acceso a una vivienda digna. Y es ahí donde está el problema que debe convertirse en la solución, porque actualmente estas administraciones no cuentan con tales medidas ni disponen de recursos suficientes para atajar este enorme drama. Y eso no se soluciona legislando con faldas y a lo loco, sino con una mayor inversión. Ya saben, los consejos con dinero.

La vivienda es un problema descomunal que debe atajarse de forma urgente. En eso estaremos todos de acuerdo sin que, como decía Chesterton, resulte necesario batirnos en duelo para demostrar que el césped es verde. Pero no puede conseguirse de cualquier manera, ni con normas improvisadas ni a través de una simple llamada al teléfono escacharrado del 047. Se requieren soluciones globales para todos, jóvenes y mayores, vulnerables o no. Se precisa poder alquilar, pero también poder adquirir vivienda en propiedad. Se necesita la participación de todas las administraciones con competencias, así como de consensos y de cesiones por parte de todos los agentes intervinientes en el sector inmobiliario. Y, por supuesto, sobran las promesas incumplidas sobre la construcción de miles de ficticias viviendas públicas que no son más que un mero postureo de cara a la galería y que si realmente se hubieran ejecutado no cabrían en el territorio nacional. Vaya, que para resolver el problema de la vivienda no será suficiente con Mari Carmen y sus muñecos, ¡leñe!

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