«¡Estos galos se han vuelto locos!», clamarían los romanos cambiando las tornas a las viñetas de Asterix. La violencia y pillaje que sufre la burguesa calle francesa, en una especie de revolución del siglo XXI jaleada por una radical izquierda ansiosa de poder, demuestra una vez más lo peligroso que es el aburrimiento.
«¡Antes la barbarie que el aburrimiento!» clamaba el romántico Teophile Gautier. Luego vinieron dos guerras mundiales, el esclavismo comunista y la bestialidad nacional-socialista. Surgieron crueles revolucionarios adoradores del Estado, que debía ocuparse de todo y de todos, dictando hasta el pensamiento, mientras acotaba el mundo del espíritu, el individualismo y la belleza. Ejércitos de bárbaros uniformados que odiaban lo diferente y la imaginación ejercían su bullying callejero para amedrentar e imponer su régimen de pacotilla totalitaria. No podían darse cuenta que la diversidad es la sirena del mundo, como cantaba un D`Annunzio que, entre aventuras, amantes y los melocotones de la bailarina Eleonora Duse, llenaba su tiempo gozosamente. También Santiago Rusiñol clamaba con su horchata de absenta desde el ibicenco Café de las Orgías: «Preferimos ser simbolistas y desequilibrados, y aún locos y decadentes, antes que decaídos y mansos». Cuestión de animarse con estilo.
La cosa gala comenzó con una protesta para exigir más profesores en las aulas. Pero luego ha degenerado en algo muy poco educado. ¡Tanto impuesto, funcionario y servicio social para crear una masa de insatisfechos! El multiculturalismo parece irse por el retrete de la intolerancia y, curiosamente, parte del odioso celo se da en hijos de inmigrantes a quienes Francia abrazó. De no integrarse a pretender mandar hay un paso que empieza quemando las calle. La barbarie es contagiosa y amenaza extenderse por la civilizada y presumida Europa. A menor educación, mayor manipulación.