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Tribuna

Sant Carles de Peralta: ¿Mejora del pueblo o ruina de sus comerciantes?

| Santa Eulària |

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Como comerciante y propietario de dos establecimientos en Sant Carles de Peralta, Boutique Papillon y Vintage Ibiza Maison & Accessoires, quiero compartir públicamente mi profunda decepción e indignación por la manera en que se han llevado a cabo las obras de peatonalización y supuesta «mejora» del centro del pueblo.

Quiero dejar claro, desde el principio, que no estoy en contra de las mejoras. Soy consciente de que el tráfico aumenta año tras año y de que era necesario encontrar soluciones. También sé que este proyecto llevaba mucho tiempo sobre la mesa y que, tarde o temprano, debía ejecutarse.

Lo que no puedo entender ni aceptar es que una obra necesaria se haya convertido en una auténtica pesadilla para quienes vivimos y trabajamos en Sant Carles.

¿Era realmente necesario un año de obras?

Resulta incomprensible que una intervención de estas características se prolongue durante aproximadamente un año, con jornadas de trabajo de lunes a viernes, de 7:00 a 15:00 horas, sin actividad los festivos y con una plantilla que, a mi juicio, ha sido claramente insuficiente.

¿Por qué no se organizaron dos turnos de trabajo? ¿Por qué no se trabajó durante 16 horas diarias para reducir considerablemente los plazos? Una planificación más ambiciosa podría haber permitido acortar las obras y salvar buena parte de la temporada turística.

En lugar de eso, hemos tenido que contemplar cómo transcurrían los meses más importantes del año mientras nuestro pueblo ofrecía una imagen desoladora. Y los turistas que se aventuraban a visitarlo se encontraban con un escenario que difícilmente invitaba a pasear, comprar o disfrutar de Sant Carles.

Comercios abiertos, pero prácticamente inaccesibles

Durante meses hemos convivido con calles sin pavimentar, maquinaria pesada levantando el asfalto delante de nuestros escaparates, generadores con un ruido ensordecedor y un insoportable olor a gasóleo, zanjas abiertas y accesos que cambiaban constantemente.

En numerosas ocasiones, entrar en nuestros establecimientos era una auténtica carrera de obstáculos. Y cuando existía algún acceso, encontrarlo no resultaba precisamente sencillo.

La situación llegó a tener consecuencias personales: una de mis empleadas sufrió una caída en una zanja insuficientemente señalizada, que le provocó heridas y numerosos hematomas.

A todo ello se suma un detalle que refleja perfectamente la falta de atención hacia los comerciantes. A pesar de haber solicitado repetidamente la retirada de los carteles de «Prohibido el paso» situados en los accesos al pueblo, estos continúan allí.

El Ayuntamiento también nos prometió instalar señalización con los nombres y logotipos de nuestros establecimientos para indicar que seguíamos abiertos y facilitar el acceso a los clientes. Enviamos los logotipos solicitados y, a día de hoy, seguimos esperando.

¿De qué sirve mantener abierto un comercio si prácticamente se está impidiendo que los clientes puedan llegar hasta él?

Patrimonio protegido... según para qué

Hay decisiones que resultan especialmente difíciles de comprender.

Se me deniega la instalación de sombrillas en espacios privados junto a mis establecimientos, argumentando que las fachadas están protegidas por Patrimonio. Sin embargo, no parece existir inconveniente alguno en construir una antiestética caseta de contadores pegada precisamente a una de esas fachadas protegidas y a un muro tradicional payés.

¿En qué quedamos? ¿Protegemos el patrimonio arquitectónico de Sant Carles o aplicamos criterios diferentes según quién quiera intervenir?

Un pueblo peatonal... ¿pero dónde aparcan los peatones?

La ampliación de la plaza ha supuesto la desaparición de las pocas plazas de aparcamiento que existían delante de la iglesia.

El aparcamiento junto al cementerio tampoco está accesible y, aunque se ha habilitado otro detrás, buena parte de su superficie permanece ocupada por materiales de construcción. Además, se establecen restricciones puntuales que dificultan todavía más su utilización.

Y aquí surge una pregunta tan sencilla como evidente:

¿Dónde se supone que deben aparcar quienes quieran venir a pasear, comprar o disfrutar de nuestro pueblo peatonal?

Porque peatonalizar no debería significar aislar. Un pueblo necesita visitantes, actividad y vida. Y para ello es imprescindible facilitar el acceso, no complicarlo.

Casi 200.000 euros menos de facturación y ninguna solución real

El Ayuntamiento nos informó de que se realizarían las obras, pero jamás se nos explicó con claridad la magnitud de las molestias que sufriríamos ni el impacto que tendrían durante los meses más importantes de la temporada turística.

De haber conocido la realidad de lo que nos esperaba, puedo asegurar que no habría abierto estos dos establecimientos.

Quienes tenemos un negocio de temporada sabemos perfectamente lo que significa preparar su apertura: inversiones iniciales importantes, compras de mercancía, contratación de personal y numerosos gastos que deben recuperarse durante unos pocos meses de actividad.

Este año, esa recuperación no ha llegado.

Mis dos establecimientos han facturado casi 200.000 euros menos, hemos cerrado la temporada sin beneficios y con pérdidas considerables. Una parte importante de la inversión realizada para iniciar la temporada no se ha recuperado.

Y quiero subrayar algo: no estoy hablando de una simple disminución de ganancias. Estoy hablando de pérdidas económicas reales que afectan directamente a la viabilidad de nuestros negocios.

A pesar de haber solicitado en varias ocasiones algún tipo de ayuda o compensación, no se ha habilitado ninguna línea de subvenciones que permita aliviar los perjuicios sufridos.

¿Una rebaja en el impuesto de basuras? ¿En serio?

Y llegamos al motivo que finalmente me ha impulsado a escribir esta carta.

Hoy se nos ha solicitado documentación para tramitar una reducción en el próximo recibo del impuesto de basuras.

Confieso que mi primera reacción ha sido de incredulidad. La segunda, de indignación.

Después de una temporada prácticamente arruinada, de meses soportando obras, ruidos, polvo, zanjas, accesos imposibles y una caída de facturación cercana a los 200.000 euros, ¿la respuesta que se nos ofrece es un descuento en el impuesto de basuras?

¿De verdad considera el Ayuntamiento que esta es una respuesta proporcionada al daño económico que hemos sufrido?

Personalmente, lo considero una falta de sensibilidad y de respeto hacia quienes hemos mantenido nuestros negocios abiertos en unas condiciones absolutamente excepcionales.

No pretendo que se nos regale nada. Lo que reclamo es responsabilidad, empatía y soluciones acordes con la magnitud del perjuicio.

Y no quiero que la aceptación de una pequeña bonificación fiscal pueda interpretarse como conformidad con la gestión de las obras ni como compensación suficiente por las pérdidas sufridas.

¿Y qué ha sido de la esencia de Sant Carles?

Más allá de las consecuencias económicas, hay otra cuestión que me entristece profundamente.

Sant Carles era uno de esos pocos pueblos de Ibiza que todavía conservaban buena parte de su carácter original, de su sencillez y de su autenticidad. Precisamente eso era lo que lo hacía especial.

Los visitantes no vienen a Ibiza buscando pueblos artificialmente embellecidos. Vienen buscando lugares con personalidad, historia y tradición. Quieren descubrir la arquitectura payesa, pasear por rincones auténticos y sentir que están en un lugar diferente.

Personalmente, tengo la sensación de que hemos sacrificado parte de esa identidad en nombre de una modernización que no siempre significa mejorar.

Se han incorporado muros revestidos de piedra que, a mi entender, poco tienen que ver con las auténticas paredes tradicionales payesas, y una cantidad de vegetación que considero desproporcionada para un espacio de estas características.

Reconozco que parte de las plantas de menor tamaño son autóctonas, pero se han colocado en tal abundancia que, si todas consiguen sobrevivir —algo sobre lo que tengo mis dudas—, pronto tendremos un auténtico bosque dentro de las jardineras.

No todo lo nuevo es mejor. Y no todo lo que se presenta como una mejora consigue realmente mejorar aquello que pretende transformar.

Una reflexión final

Insisto: no cuestiono la necesidad de actuar sobre el tráfico ni de mejorar los espacios públicos. Cuestiono la planificación, los plazos, la ejecución, la falta de información, la escasa sensibilidad hacia los comerciantes y la ausencia de medidas económicas proporcionadas a los perjuicios ocasionados.

Estoy convencido de que buena parte de esta situación podría haberse evitado con una organización diferente, más medios humanos, jornadas de trabajo ampliadas y, sobre todo, una comunicación honesta con quienes íbamos a sufrir directamente las consecuencias.

Porque una obra pública no debería medirse únicamente por cómo queda una plaza cuando se retiran las vallas. También debería valorarse por el daño que se ha causado durante su ejecución.

¿De qué sirve inaugurar una plaza más bonita si, por el camino, hemos puesto en peligro la supervivencia de los comercios que daban vida al pueblo?

Sant Carles merece mejoras, por supuesto. Pero también merece respeto por su identidad, por sus vecinos y por quienes cada día levantamos la persiana de nuestros negocios.

Un pueblo no lo hacen solamente sus calles, sus piedras y sus jardineras. Un pueblo lo hacen, sobre todo, las personas que le dan vida.

Y eso también debería protegerse.

Un pueblo que construye un escenario vacío mientras destruye a quienes lo llenan de vida, generan riqueza, empleo y alma.

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