El amplio salón del restaurante Es Cruce de Sant Rafel se llenaba este domingo a mediodía por completo para atender a más de 200 personas. Su clientela, en esta ocasión, eran los mayores de los barrios de Can Tomás, Can Bonet y Ses Païsses, que disfrutaron de su tradicional comida con motivo del programa de fiestas de Sant Antoni.
Estas comidas sirven como punto de encuentro para todos aquellos vecinos, amigos, conocidos y familiares lejanos que, con el paso de los años, quizás dejan de verse con la frecuencia de antaño.
Y lo hacen con el contexto de la gastronomía propia de nuestra isla, con un arroz a la marinera y un sofrit pagès como platos principales, en un restaurante en el que se trabaja a destajo para atender a una exigente clientela.
En uno de los extremos de la primera de las mesas se encuentra Cati, una habitual de estas comidas, que afronta «con mucha alegría» esta nueva jornada. Junto a ella, viejos conocidos, como Vicent Roig, del barrio de Can Bonet, que se sienta delante de ella, junto a tantos otros en una larga mesa.
En el otro extremo de esa misma mesa se encuentran aquellos cuyos orígenes vienen de lejos de Sant Antoni, pero su vida los trajo hasta el municipio portmanyí hace muchos años.
Gente como Silviana Helena y su marido Michelle, franceses de origen, que viven en Sant Antoni desde hace más de 50 años. Su historia comenzó como un destino al que acudían a veranear, terminaron por enamorarse de la isla, se compraron una casa y no han vuelto a marcharse. Junto a ella se encuentra Magdalena, una mujer italiana que llegó a Sant Antoni en el 94.
«Parece un chiste», comentaba a Periódico de Ibiza y Formentera una mujer a escasos metros, respecto al batiburrillo de nacionalidades. Junto a ellas se sienta Loli, una vallisoletana que llegó a la isla tras residir en Francia durante unos años. «A mi marido lo desplazaron aquí de la empresa. Vine para unos meses, pero me quedé para siempre», explicó la mujer.
En cambio, de Sant Antoni «de toda la vida», como el mismo aseguró a este rotativo, es justamente Antonio, quien acudió a este evento en compañía de su mujer. Sobre estas comidas, explicó que es algo muy positivo «ya que nos encontramos todos. A veces no coincidimos en meses, y aquí reímos todos».
En este tipo de comidas el alcalde acostumbra a hacer entrega de un distintivo a aquellos matrimonios que celebran su 50 aniversario en el año, que consiste en un botón de pagès para ellos y un anillo para ellas. Sin embargo, y pese a la cantidad de asistentes que hubo en esta jornada tan especial, únicamente había un matrimonio que celebrara su 50 aniversario, que además no pudo acudir a la comida, por lo cual esta tradición del reconocimiento a las bodas de oro no pudo materializarse.