Durante décadas, Bartolomé del Amor estuvo al frente de algunas de las investigaciones criminales más complejas desarrolladas en Baleares. Exjefe de la Policía Judicial de la Guardia Civil en las islas, comandó operaciones contra el narcotráfico, el crimen organizado y asesinatos que conmocionaron a la opinión pública entre finales de los noventa y la segunda década del siglo XXI. Ahora, junto al periodista Xisco Fuster, recoge parte de esa experiencia en El minotauro nunca duerme (Melqart Editorial), un volumen de true crime que reconstruye casos reales ocurridos en Mallorca e Ibiza y reflexiona sobre el lado más oscuro de una sociedad marcada por el turismo y la movilidad constante.
—¿Cómo nace el proyecto del libro?
—El libro nace a partir de un proyecto del fotógrafo mallorquín Xisco Fuster, que quería escribir una obra sobre un asesinato ficticio que tenía lugar en el pueblo de Estellencs, de donde, casualmente, es mi esposa. Cuando acudió al Ayuntamiento del municipio para recabar información sobre dónde habría aparecido el cadáver, le hablaron de un vecino —yo— que había investigado alrededor de un centenar de homicidios y nos pusieron en contacto. Él era muy meticuloso a la hora de documentarse sobre el procedimiento que se sigue cuando aparece un cadáver con signos de violencia, para ser riguroso en su libro, así que empezamos a colaborar.
Al cabo de varias reuniones, en las que yo le iba asesorando y narrando las diferentes experiencias que he vivido, me dijo: «¿Por qué no escribimos un libro dentro de un género que está teniendo mucho éxito, como es el «true crime»?». Al principio yo era un poco escéptico, pero él estaba muy ilusionado y, de esta manera, arrancó un nuevo proyecto en el que narrar hechos que han ocurrido en la sociedad balear, mayoritariamente en Mallorca, pero también en Ibiza. Así, a base de una serie de encuentros periódicos, escogimos varios asesinatos que tuvieron una gran resonancia, además de otros casos, como tiroteos.
El minotauro del título representa, de alguna forma, las bajas pasiones del ser humano: refleja hasta dónde somos capaces de llegar.
—¿Qué casos del libro le llaman más la atención?
—El asesinato de Yvonne O’Brian, por ejemplo, una chica inglesa con problemas con el alcohol que se afincó en Alcudia. Fue un crimen absolutamente horrendo: le cortaron la mandíbula, los pechos… También el de Ana Nicolae, una ciudadana rumana con la que se encaprichó un individuo con el que no tenía ningún tipo de relación. La secuestró durante todo un día dentro de un coche, le inyectó heroína y la acabó matando y quemando en el interior del vehículo. Para elaborar el libro también hablamos con la hermana de Mari Carmen del Salto, que fue secuestrada, violada y asesinada por un bombero alemán, Andrea Sóculos, que pasaba las vacaciones en Mallorca dando clases de buceo. Era un verdadero depredador sexual que se encontró con Mari Carmen una noche en un pub, con las consecuencias que ya he contado.
«En Ibiza han asaltado las casas de grandes productores de cine, del presidente del consejo de administración de Christian Dior, del jugador de fútbol Kluivert…»
—¿Hablan también de asesinatos en Ibiza?
—Sí. En cuanto a Ibiza, hablamos del caso Benimussa, donde mataron a un colombiano por cuestiones relacionadas con drogas, pero también sentimentales. También abordamos el caso de José María López Calzado, un importante narcotraficante de Gibraltar que fue tiroteado en Sant Josep. Le dispararon 11 veces mientras estaba en un restaurante con su novia, a finales de los años 90. Otro caso en el que no hubo muertos, pero que fue muy sonado en Ibiza, fue el del número dos de la mafia de Liverpool, Sean Francis Walker, uno de los protagonistas del tiroteo que se produjo entre dos coches en Sant Antoni. Se trataba de dos bandas armadas que se enfrentaron entre sí.
—Además de los asesinatos, ¿hay algún caso destacable?
—Sí. La operación Kraken también fue muy singular. Se trataba de una banda compuesta por militares, exmilitares y guardas jurados que asaltaron 25 domicilios de una manera muy violenta; incluso llegaban a maniatar a los propietarios. Fue una investigación que duró más de un año y medio y que tuvo una complejidad extraordinaria, ya que estos individuos estaban muy alejados de lo que viene a ser el círculo delincuencial habitual. Para la elaboración del libro pudimos hablar con uno de los integrantes de la banda, que accedió a conversar con nosotros.
—¿Qué puntos son los más importantes a la hora de investigar este tipo de delitos?
—A la hora de investigar un caso hay dos pilares fundamentales: la criminología y la criminalística. La criminalística es la que nos explica cómo se ha cometido el delito, por resumirlo de alguna manera; vendría a ser el CSI que vemos en la televisión. La criminología es la ciencia que estudia al delincuente. Todos los delitos suelen tener su perfil de delincuentes; es decir, existe una cierta estratificación de qué delitos cometen determinados perfiles. Los albano-kosovares, por ejemplo, tienen el monopolio de los robos con butrón en naves industriales, así como de los robos en viviendas mientras los moradores duermen en ellas. Los rumanos tenían un registro de delitos bastante amplio, pero también fueron los creadores del famoso ‘lazo libanés’, una doble boca colocada en un cajero automático para capturar las tarjetas de crédito. También idearon las «bolsas búnker», forrando una bolsa con papel de aluminio para inhibir las alarmas de los comercios…
«El ambiente de diversión y fiesta ha servido para que se implantaran las organizaciones de tráfico de drogas más importantes»
—Respecto a casos como los de Ana Nicolae o Yvonne O’Brien, ¿también existe un perfil determinado de criminal o es más transversal?
—Lógicamente, en una sociedad como la de Baleares, donde hay mucho flujo de turismo, al trasladarse tanta gente desde fuera también se trasladan sus problemas. Esta es una de las ideas que exponemos en el libro. Si, por ejemplo, un delincuente alemán se traslada a las islas, también traslada sus delitos. El turismo genera delincuencia, y un ejemplo es el de Andrea Sóculos (violador y asesino de María del Carmen del Salto), que cometió el crimen en Mallorca, pero cuando lo detuvimos en Hamburgo se evidenció que era un verdadero depredador sexual. Al trasladarse a Palma, también trasladó su condición de depredador.
En el libro también hablamos de Throstentur, un alemán que va a trabajar a Mallorca, alquila un pequeño apartamento junto a otro en el que vivía una chica alemana con una hija de 15 años. Se obsesiona con la niña y, para abusar de ella, utiliza cloroformo, pero la situación se le va de las manos y le causa la muerte. Lo que hizo fue envolverla en una alfombra y abandonarla en una finca…
—Nos ha dicho que el turismo genera delincuencia. ¿Ibiza es un caso singular en ese sentido?
—Sí. Ibiza atrae a un turismo con unas capacidades económicas altísimas y eso, lógicamente, atrae a bandas como las que asaltan los grandes chalés, incluso maniatando a sus moradores con mucha violencia para que les abran las cajas fuertes. También llega delincuencia nacional procedente de Madrid, la «élite» de la delincuencia española, que se ha trasladado a la noche de Ibiza. Aquí han asaltado las casas de grandes productores de cine, del presidente del consejo de administración de Christian Dior, del jugador de fútbol Kluivert… Ibiza es un paraíso para la delincuencia.
«El mundo de la noche resulta rentable para todos, tanto para los empresarios como para los delincuentes»
Por un lado hay mucho dinero, pero también un importante movimiento dentro del mundo de las drogas. Aquí es donde se realizan mayores aprehensiones de metanfetamina. Siempre ha sido una puerta de entrada y un laboratorio para el tráfico de drogas: Ibiza es el primer lugar en el que se ha consumido ketamina de manera asidua. El ambiente de diversión y fiesta ha servido para que se implantaran las organizaciones de tráfico de drogas más importantes. El conjunto de las circunstancias de Ibiza, con el epicentro en las discotecas y el ocio nocturno, ha propiciado que todo esto ocurra. El mundo de la noche resulta rentable para todos, tanto para los empresarios como para los delincuentes.
Además, es imposible ganar la guerra contra las drogas: se lucha para ir ganando batallas. Ni la DEA, con todos sus recursos, es capaz de ganar esta guerra. Se trata de «controlar la enfermedad» para que no contamine a todo el individuo.
—Entre el turismo con altas capacidades económicas que visita Ibiza, también habrá grandes delincuentes.
—Así es. Pero no se puede hacer nada si no delinquen aquí. Petrof, el jefe de la mafia rusa, vivía en Mallorca. Pero allí no realizaba ninguna de sus actividades relacionadas con el tráfico de armas, drogas o prostitución; solo iba a descansar. El mayor exportador de marihuana de EE. UU. vivió refugiado en Mallorca hasta que las autoridades estadounidenses emitieron una orden de detención. No se puede hacer nada sin una orden de detención.
—Dentro del contexto de la vivienda en Ibiza, muchos guardias civiles han abandonado la isla. ¿Este éxodo de cuerpos y fuerzas de seguridad favorece el establecimiento de bandas en Ibiza?
—Sin duda. Estamos deficitariamente dotados y de manera aún más acusada en Ibiza. Las plantillas están muy mermadas. Un puesto como el de Sant Antoni no tiene, ni de lejos, la capacidad que debería para cubrir las tres áreas básicas de la estructura policial: prevención, reacción e investigación. Donde debería haber una plantilla de 400 personas para cubrir toda la demarcación de Sant Antoni no hay más que ciento y pico. Este es un problema coyuntural de la Guardia Civil, cuya plantilla tiene un déficit de más de 20.000 efectivos en general; en Baleares, de unos 800. La única solución está en la oferta de empleo público: si hay 20.000 vacantes y la oferta anual es de 2.500, es imposible cubrirlas. Todo depende del Gobierno. De poco sirve que el director general de la Guardia Civil pida más efectivos; ni siquiera el Ministerio del Interior puede hacer nada sin hablar con el de Hacienda: todo es cuestión de dinero.