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«No he parado nunca de trabajar»

Carmen Ibáñez pasó de trabajar en el negocio familiar de cal en Cuenca a los primeros hoteles de Santa Eulària

Carmen tras su charla con Periódico de Ibiza y Formentera | Foto: Toni P.

| Ibiza |

Carmen Ibáñez (Alberca de Záncara, Cuenca, 1951) llegó a Ibiza siendo adolescente, en plena expansión turística de la isla. Hija de una familia dedicada tradicionalmente a la producción de cal y al trabajo del campo, comenzó muy joven a trabajar en hoteles y restaurantes de Santa Eulària. Más tarde participó activamente en el negocio familiar que montó junto a su marido. Su testimonio recorre la dureza del trabajo rural en la España de posguerra y los primeros años del desarrollo turístico en Ibiza.

—¿Dónde nació usted?

—Nací en Alberca de Záncara, un pueblo de Cuenca. Yo fui la cuarta de cinco hermanos. Isodoro, María y Ángeles eran los mayores y Crescencio el pequeño.

—¿A qué se dedicaban sus padres?

—Mis padres, Isidoro y María, eran caleros, al igual que mis abuelos maternos y paternos. De hecho, se conocieron porque sus padres trabajaban juntos en el horno de cal. Era el negocio familiar durante generaciones. También se trabajaba el campo y, desde bien pequeña, al igual que mis hermanas y mi hermano, siempre les ayudamos en el trabajo. En el campo recogíamos aceitunas, escardábamos, hacíamos hoyos para la viña, echábamos estiércol para los melones…

—¿También les ayudaban en el negocio de la cal?

—Sí. Nosotras íbamos al monte a buscar piedras para construir el horno de cal y leña para quemar. Con las piedras se construía una especie de torre muy grande, con piedras y tierra: un horno al que después se le iba echando la leña para hacer la cal. Los hombres se turnaban para cuidar el horno día y noche hasta que la cal estaba lista.

Una vez terminado el proceso, mi padre cogía el carro e iba a vender la cal por los pueblos al grito de «¡El calero!». Normalmente le acompañábamos mi hermana o yo, solo una, y dormíamos en las posadas de los pueblos, muchas veces encima de sacos de paja.

Mi padre siempre fue muy bromista y, cuando le decíamos que teníamos hambre, cogía una boñiga del caballo y nos decía: «Toma, una magdalena» (risas). Por las mañanas nos despertaba de madrugada para que le acompañáramos, pero como nos quedábamos dormidas él se subía al carro y, al escucharlo, salíamos corriendo medio desnudas para que no nos dejara en casa (risas).

—¿Trabajaron mucho tiempo en el pueblo?

—Hasta que yo tuve 14 años y nos vinimos a Ibiza. Los primeros en venir fueron mis tíos, Francisco, Crescencio y Marcelino; después vino mi padre, que no tardó en traernos a toda la familia.

Ellos trabajaron en la construcción del hotel Fenicia, en Santa Eulària, y cuando estuvo terminado trabajamos prácticamente todas las de la familia allí de camareras de piso. Luego también estuve en Es Canar, en el hotel Panorama, y como camarera de comedor en el Ánfora. También trabajé en el restaurante Rey de Santa Eulària.

«En esa época había un chico, Pepe, que trabajaba al lado de casa luciendo una fachada al lado y, para llamarme la atención, me tiraba mezcla»

En esa época había un chico, Pepe, que trabajaba al lado de casa luciendo una fachada al lado y, para llamarme la atención, me tiraba mezcla (risas). Él también trabajaba como peón junto a mi padre en el Fenicia y cada vez que mi hermana Ángeles iba a llevarle el bocadillo la confundía conmigo e intentaba ligar con ella pensando que era yo (risas), y es que nos parecíamos mucho.

—¿Cómo llevaba su padre eso de que su compañero intentara ligar con su hija?

—Mal. Muy mal. Mientras trabajaban, Pepe siempre le hablaba de las guiris; mi padre lo tenía por un «palanquero» y se creía que solo se quería aprovechar de mí. Mi padre era muy protector con sus hijas y, por qué no decirlo, también era bastante duro cuando se ponía.

Cuando Pepe se fue a la mili —se fue de voluntario— me escribía cartas y mi madre las destruía para que no me llegaran.

—¿Consiguieron llevar adelante esa relación?

—Fue un poco difícil. Lo dejamos durante dos años y él se marchó a Barcelona. Nos «peleamos» porque él venía hasta Santa Eulària para verme y yo no bajaba por miedo a que nos vieran mis padres. Él se daba cuenta de que yo lo veía desde detrás de las cortinas y, al volver a su casa, se lo contaba a su madre.

Ella me escribió una carta en la que me decía que «lo tenía bien empleado por no bajar a verle». Eso me enfadó mucho y no volví a verle hasta dos años más tarde. Fue un día que me iba en autobús con mi prima Cloti para ir a Vila y él se subió al mismo autobús.

Poco antes me había escrito una carta porque su primo le había dicho que yo seguía en Ibiza y sin novio. Aquel día, en el autobús, yo llevaba esa carta encima; le estiré de la mano para saludarle y nos acabó acompañando. Fuimos al bar Los Amigos y allí me pidió volver a intentarlo. Enseguida nos arreglamos los papeles para casarnos cuanto antes.

Nos casamos el 2 de mayo de 1970 y tuvimos tres hijos: María José, Yolanda y José Luis; ahora tenemos seis nietos y siete biznietos.

«¿Si seguí trabajando? ¡Si no he parado nunca de trabajar!»

—¿Siguió trabajando después de casarse?

—¿Si seguí trabajando? ¡Si no he parado nunca de trabajar! Primero estuve una temporada en el hotel Don Quijote de Figueretes y después mi marido montó un negocio de huevos, productos de limpieza y conservas. ¡Anda que no habré descargado contenedores! También estuve llevando la contabilidad del negocio hasta que nos jubilamos.

—¿Dónde vivían?

—Tras casarnos vivimos unos años en Dalt Vila, en la Plaça de Vila. Se estaba muy bien allí: convivíamos perfectamente ibicencos, gitanos y ‘mursianos’.

Allí nació nuestra primera hija, María José, y poco más de un año más tarde nos compramos un terreno en Sa Carroca, donde nacieron el resto de nuestros hijos. Cada día bajaba con el cochecito de mi hija caminando hasta Figueretes, donde trabajaba limpiando en la casa de una mujer catalana.

Todavía seguimos viviendo en esa casa que construyó mi propio marido, pero ahora ya estamos jubilados y nos dedicamos a vivir tranquilamente.

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