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Tonina Saputo: «Escucho boleros desde que era niña»

Tonina Saputo. | Foto: R.I.

| Ibiza |

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Tonina Saputo es una contrabajista de sangre mediterránea nacida a orillas del Pacífico. La –también– cantante de boleros y otros palos como el soul y el funk cerrará con un trío formado por mujeres el Eivissa Jazz. Un festival donde le hace mucha ilusión presentarse por el fuerte vínculo que mantiene con el Mare Nostrum. Su trabajo como profesora en el Berklee College le ha llevado de Boston a España –a Valencia, concretamente. Su bagaje sonoro también es fruto de viajes en barco –de San Diego, bien pequeña, se mudó a San Luis, la ciudad de Miles Davis y otros jazzeros que aprendieron a tocar replicando las notas que bajaban de los vapores que surcaban, arriba y abajo, el Mississippi. Después de su concierto (sábado 5 de septiembre) planea quedarse un par de días en una isla que no conoce «todavía»: ya le han avisado de que «Ibiza es preciosa».

¿Cómo se siente la nieta de unos sicilianos cuando actúa junto al Mediterráneo?

Agradecida, muy agradecida, de volver a mi mar favorito para tocar música. Es donde puedo conectar con la mitad de mi ser y, como pasará en el Eivissa Jazz, con mi público español.

Tienes una conexión muy fuerte con la música hispanoamericana gracias a Black Angel, tu primer disco. ¿Cómo fue trabajar con Javier Limón y descubrir de su mano ese universo llamado bolero?

Creo que es uno de los mejores escritores de canciones y productores en ese ámbito. El bolero me interesa desde que soy una niña. Escucho boleros desde entonces. Por eso, fue una pasada trabajar con alguien que ha ayudado tanto a revitalizar el género. Yo acababa de salir de la universidad, era mi primer álbum profesional y me vi preparando un repertorio con todo un ganador de un Grammy. ¡Guau! Fue algo excitante. Javier es una gran referencia para mí. Me impulsó a ampliar mi horizonte, me dio nuevas influencias, ensanchó mi mundo.

¿Sigue siendo un desafío cantar en castellano delante de un público que domina la lengua?

¡No! El castellano ya forma parte de mi personalidad artística. Lo aprendí a través de la música, de los artistas que me gustaban, traduciendo sus letras. Fíjate, no me siento tan cómoda cantando en italiano…

¿En serio?

Sí. De hecho, estoy perfeccionándolo para poder incluir algún tema en italiano en mi set. Ahora, digamos que mi acento está algo desequilibrado [ríe]. A mi madre, aunque ya nació en Estados Unidos, la criaron en siciliano. Ella habla el dialecto de Palermo, no el italiano estándar. Así que yo me siento mucho más capacitada para cantar en castellano.

¿Investigar el folk y la canción siciliana es una asignatura pendiente en tu carrera?

Es algo que me interesa muchísimo. En mi próximo álbum hay influencias del folk siciliano que me gusta y algunas palabras en esa lengua. Me encantaría disponer de algo de tiempo para pasarlo en aquella isla, entrevistar a los mayores y hablar con ellos sobre sus raíces musicales.

Quien las conoció, dice que las ferias de verano en los pueblos del interior de Sicilia son tremendas. Un espectáculo donde se pueden escuchar canciones antiquísimas. Pura tradición oral.

¡Lo son! Yo he crecido con esa música vieja porque se escuchaba en mi casa. Y creo que tienen un vínculo muy fuerte con el folklore español, con la sonoridad de las palmas o la forma de tocar la guitarra. Quizás por eso me interese tanto la música de vuestro país.

¿Por qué elegiste el contrabajo como instrumento cuando eras niña?

Fui muy afortunada: estudié en una escuela que le daba una gran importancia a las artes. Con siete u ocho años colocaron los instrumentos musicales en la cafetería y nos llevaron para que jugáramos con ellos, a ver cuál nos gustaba más. El violín me encantó, pero sonaba tan bonito que me pareció imposible no aprenderlo sin mostrar espíritu competitivo. Por eso elegí el contrabajo. Mi padre es músico, no profesional, y aunque toca varios instrumentos, me dijo que no iba a meter un contrabajo en casa. Me volví loca y al día siguiente aparecí en casa con el contrabajo. Mi padre se molestó, pero ya no podía hacer nada [ríe].

¿Qué esperaba tu padre que tocases?

¡El piano! Tenía muchas ganas que aprendiera la teoría musical a través de las teclas.

Y con el contrabajo… ¿fue un flechazo a primera vista? A los críticos les encantas como contrabajista. Te han comparado con Esperanza Spalding, una grande.

No. Tuve que currármelo mucho. Toda mi vida jugué a soccer (por cierto, enhorabuena a los españoles por el Mundial) y a voleibol: a través de los deportes aprendí que a veces hay que recorrer un largo camino para que la música suene bien. ¿Qué pasó más tarde? Como yo había elegido el instrumento, mi padre me dijo que, como castigo, él se encargaría de elegir la lengua extranjera que iba a estudiar. Esa es la razón de que en vez de francés, mi lengua favorita entonces, aprendiera castellano. Me quedé devastada en aquel momento… pero ahora estoy muy feliz por la decisión que me hizo tomar mi padre. Descubrí una lengua que me fascina. El castellano le ha venido muy bien a mi carrera.

La programación del Eivissa Jazz lo cerraréis dos bajistas que, también, sois cantantes y compositores. Michael Pipoquinha y tú.

¡Toca increíble Michael! Los brasileños son de otro nivel. Estoy encantada de que compartamos cartel con ellos.

¿Se le está dando más importancia en los últimos años a vuestro instrumento? ¿Es más fácil ver ahora en la world music a una mujer bajista liderando una banda?

Sí, cada vez hay más público que es consciente de que el rol de un buen bajista es mucho más que tocar tónicas. Creo que Sting –quizás, el primer gran frontman que tocaba el bajo– ayudó a romper muchas barreras, pero en más de un caso parecido, el público se fijaba en la voz, no en la música que le sacaba al bajo. Pero ahora hay muchos artistas que cantan tocando el bajo con un reconocimiento tan grande que les permite actuar ante cualquier audiencia.


Con tres discos, un cuarto en camino y un buen número de
singles y colaboraciones, ¿es más fácil elegir a los músicos con los que se quiere tocar?

Mi batería es, también, una de mis mejores amigas. En séptimo curso tocábamos en la misma banda: versiones de Led Zeppelin. Siempre hemos tocado juntas; ahora, a larga distancia, porque vive en L.A. Ella es la más antigua de mi gente de confianza, un grupo que se ha ido formando disco a disco. Cuanto más tiempo llevas en la música, más fácil resulta elegir con quién quieres grabar o girar. Yo tengo que creer en ellos y ellos, creer en mí. Mi productor es el menorquín Jorge Arenas: nos conocimos en la universidad y, tras el debut que produjo Javier Limón, se ha encargado del resto de grabaciones. Ya son diez años trabajando juntos.

¿Echas de menos San Luis cuando estás lejos de casa? Tu segundo álbum lleva por título, St. Lost. ¿Hay juego de palabras?

Echo de menos a la gente y los lugares que quiero, la familia, los amigos… pero mi relación con San Luis es peculiar. Es una ciudad ensombrecida por la corrupción. Resulta muy duro ver cómo la escena artística se ha devaluado. Sí, la echo de menos, sigue siendo mi hogar, pero no podría volver a vivir allí ahora mismo.

Además de una especie de frontera entre el oeste y el este, San Luis es una ciudad fundamental para entender la historia de la música en Estados Unidos.

¡Y tanto! Su bagaje histórico te vuelve loca. Está la herencia francesa y sus múltiples lazos con Nueva Orleans. Esa ruta por el Mississippi convirtió a San Luis en una de las mejores ciudades del mundo donde ser músico. Las bandas más importantes venían a tocar. Es muy interesante estudiar cómo la geografía influye en la historia musical de cada rincón del planeta. Es innegable que el jazz que se creó allí durante la desafortunada época del apartheid me ha influido mucho.

¿Está influyendo el jazz en la música popular más comercial en estos tiempos de inteligencias artificiales y melodías pregrabadas?

Ojalá sea así… porque la inteligencia artificial me tiene realmente preocupada. He visto cómo existen robots capaces de chupar la información de mi música, imitar mi sonido y clonar mi manera de tocar para replicarlo después en música cien por cien artificial [silencio]. ¿Qué beneficio aporta eso a la música? ¿En qué nos ayuda a los artistas? Lo hablo bastante con mis amigos músicos y nos reímos por no llorar: sería una lástima que en unos años no se le diera importancia al talento y al trabajo del músico; que la gente (lo he visto en TikTok) dijera: «¿Qué importa que no sea obra de un ser humano real? Es igual de bueno». La inteligencia artificial tiene que regularse. Es muy peligroso que olvidemos la capacidad de generar por nosotros mismos nuevas ideas. La pérdida de originalidad sería terrible.

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