Alex Serra (Barcelona, 1985) es músico, cantante y explorador sonoro, con una propuesta que transita entre el soul, el dub, la electrónica y sonidos de diferentes culturas. El viaje, la introspección y la experimentación han marcado una trayectoria desarrollada entre escenarios de todo el mundo y en estrecha colaboración con Totidub.
Tu música siempre ha estado muy vinculada al viaje y al descubrimiento. Ahora estáis a punto de volver a salir de gira por diferentes lugares del mundo. ¿Qué sigue aportándote viajar después de tantos años haciéndolo?
Hay algo muy mágico en el viaje, y es que me permite vivir desde una mirada muy amplia, muy inocente. Desde ese lugar siempre aprendo cosas muy potentes: de nuevas culturas, de las historias que me van contando por el camino, de nuevos paisajes, de la naturaleza. Al final mi música está muy vinculada al viaje. Mis canciones son memorias de viajes y de vivencias de mi propia vida.
Las Dalias será vuestro último concierto en España antes de iniciar esa nueva etapa internacional. ¿Le da un significado diferente a esta actuación?
Para mí tocar en Ibiza siempre es un subidón. Aquí he crecido como artista y como ser humano. Mi hijo nació en esta isla, he vivido en comunidad y, de alguna manera, todo lo que he podido viajar y construir después tiene mucho que ver con lo vivido aquí.
Por eso siento que es un ritual precioso poder cerrar esta etapa en Las Dalias. Desde que llegué de nuevo a Europa en 2016 han pasado muchas cosas, y ahora nos vamos a viajar por Sudamérica sabiendo que también iniciamos una nueva etapa como familia, con una nueva base en Argentina.
Cuando pasas tanto tiempo viajando y entrando en contacto con culturas y realidades diferentes, ¿sigues buscando sonidos conscientemente o has llegado a un punto en el que aparecen de manera natural en tu música?
Creo que estoy en un punto de mi vida en el que, esté en Europa o viajando por otros continentes, siento que mi vida es un sueño y que el mundo representa, de alguna manera, mi imaginación. Allí donde estoy intento estar escuchando: escuchándome a mí mismo, escuchando mi entorno y recordando que soy parte de un tejido infinito.
Entonces ya no siento tanto que tenga que salir a buscar sonidos. Allí donde estoy siempre estoy rodeado de muchísimo, si estoy abierto a escucharlo.
Tu música invita muchas veces a detenerse y conectar con uno mismo, mientras vivimos en un momento dominado por la velocidad, las pantallas y los estímulos constantes. ¿Sientes que esa necesidad de parar es hoy todavía mayor que cuando comenzaste?
Es curioso porque recuerdo que fue precisamente esa sensación la que me impulsó a cortar con todo en 2012: con mi trabajo, con relaciones que sentía que me quitaban energía, y decidir irme a dar la vuelta al mundo.
Gracias a esa decisión mi vida cambió. Empecé a conectar con otro ritmo, con otra manera de hacer las cosas, y gracias a eso la música empezó a llegar a mi vida. Esa música es la que después me ha conectado con tantas personas alrededor del mundo.
Y ahora, catorce años después de aquel primer viaje, vuelvo a sentir cierta sobreestimulación, cierta saturación de información, y vuelvo a necesitar un parón. Más aún ahora que soy padre. Por eso hemos decidido comenzar una nueva etapa con mi familia en Argentina: abrir la mirada, abrir campo, respirar y recargar energía para poder afrontar los tiempos que vienen con alegría y esperanza.
Has hablado en otras ocasiones de la música como una herramienta de transformación. ¿Ha cambiado con los años aquello que tú mismo buscas encontrar cuando haces música?
Para mí hacer música es como hacer ejercicio, meditar o bailar. Es un espacio de escucha interna, un espacio íntimo conmigo mismo y, a veces, compartido.
Y en ese espacio, si logro relajarme, a veces puedo transformar aquello que siento atascado dentro de mí en melodías, ritmos y canciones que después me acompañan.
Con Totidub lavas tiempo compartiendo escenario y construyendo este universo sonoro. ¿En qué momento sentiste que dejó de ser simplemente una colaboración para convertirse en una parte fundamental del proyecto?
Creo que fue mientras estábamos construyendo el primer disco, In the Real World. Cuando estábamos terminándolo nos miramos y dijimos: «Esto hay que salir a compartirlo con el mundo».
Sentimos que estaría buenísimo poder tocar esas canciones juntos y disfrutar de construir también en directo todo ese universo sonoro que habíamos creado en el estudio. Y ahí los dos sentimos que era un gran sí.
Después de tantos conciertos juntos, ¿cuánto espacio dejáis todavía a la improvisación? ¿Puede una canción terminar siendo completamente diferente dependiendo de lo que esté ocurriendo esa noche?
A los dos nos encanta el juego y la improvisación, pero también nos gusta sentir que hay una estructura bien armada. Intentamos que en directo convivan las dos cosas.
Las canciones tienen una estructura, pero dentro de ella siempre dejamos espacios abiertos para jugar y para que puedan ocurrir cosas nuevas. Eso hace que nunca sean exactamente iguales.
Hay artistas que necesitan controlar todo lo que ocurre sobre el escenario y otros que prefieren dejarse sorprender. En vuestro caso, ¿hasta qué punto está diseñado un concierto y hasta qué punto os permitís perder el control?
Hay una parte del concierto que está diseñada porque esa estructura nos da un lugar desde el que sentirnos seguros y construir. Pero dentro de ella nos gusta mucho dejarnos sorprender.
A mí, además, me encanta improvisar con mis pensamientos en público. Me gusta introducir las canciones, contar de dónde vienen y dejarme llevar por lo que está ocurriendo en ese momento. Siempre que me abro a eso aparecen situaciones únicas, irrepetibles. Para mí esa es una de las cosas más bonitas de tocar en vivo.
Has actuado ante públicos y en lugares muy diferentes alrededor del mundo. ¿Notas que vuestra música se recibe de manera distinta dependiendo del país o hay determinadas emociones que terminan siendo universales?
Está claro que hay diferencias enormes entre las culturas del mundo. Algunas son mucho más expresivas y otras más contenidas. Recuerdo, por ejemplo, cuando fuimos a Colombia y el público cantaba tan fuerte que prácticamente no hacía falta ni que cantara yo las canciones. Nunca me había pasado algo así.
Y otras veces hacemos un concierto en el que la gente está en completo silencio y, cuando termina, vienen a agradecernos y a decirnos que aquello les ha cambiado la vida.
El ser humano es muy diverso en su manera de expresarse, pero sí siento que hay una emoción que se repite allá donde vamos: la gratitud. Recibimos muchísima gratitud de la gente por lo que hacemos, por ese espacio que abrimos de escucha, de cariño y de hermandad. Y eso es precioso.
Regresas una vez más a Las Dalias. Más allá del recuerdo concreto del concierto anterior, ¿qué encuentras en este lugar que encaja especialmente con vuestra manera de entender la música?
Siento que Las Dalias es un lugar mítico en Ibiza y que, a día de hoy, es uno de los pocos lugares de la isla donde todavía se puede hacer música en vivo, al aire libre y de cara al público.
Siento que el gobierno de la isla se ha puesto muy rígido con este tipo de conciertos, especialmente con aquellos que reúnen a una comunidad que quizás representa una alternativa al mainstream de las grandes discotecas.
Por eso me gusta tanto Las Dalias. Siento que es uno de los últimos pilares que quedan en Ibiza donde todavía se conserva ese respeto por la música en vivo, y además desde un lugar abierto y para todos los públicos.
Alex Serra (Barcelona, 1985) es músico, cantante y explorador sonoro, con una propuesta que transita entre el soul, el dub, la electrónica y sonidos de diferentes culturas. El viaje, la introspección y la experimentación han marcado una trayectoria desarrollada entre escenarios de todo el mundo y en estrecha colaboración con Totidub.
Tu música siempre ha estado muy vinculada al viaje y al descubrimiento. Ahora estáis a punto de volver a salir de gira por diferentes lugares del mundo. ¿Qué sigue aportándote viajar después de tantos años haciéndolo?
Hay algo muy mágico en el viaje, y es que me permite vivir desde una mirada muy amplia, muy inocente. Desde ese lugar siempre aprendo cosas muy potentes: de nuevas culturas, de las historias que me van contando por el camino, de nuevos paisajes, de la naturaleza. Al final mi música está muy vinculada al viaje. Mis canciones son memorias de viajes y de vivencias de mi propia vida.
Las Dalias será vuestro último concierto en España antes de iniciar esa nueva etapa internacional. ¿Le da un significado diferente a esta actuación?
Para mí tocar en Ibiza siempre es un subidón. Aquí he crecido como artista y como ser humano. Mi hijo nació en esta isla, he vivido en comunidad y, de alguna manera, todo lo que he podido viajar y construir después tiene mucho que ver con lo vivido aquí.
Por eso siento que es un ritual precioso poder cerrar esta etapa en Las Dalias. Desde que llegué de nuevo a Europa en 2016 han pasado muchas cosas, y ahora nos vamos a viajar por Sudamérica sabiendo que también iniciamos una nueva etapa como familia, con una nueva base en Argentina.
Cuando pasas tanto tiempo viajando y entrando en contacto con culturas y realidades diferentes, ¿sigues buscando sonidos conscientemente o has llegado a un punto en el que aparecen de manera natural en tu música?
Creo que estoy en un punto de mi vida en el que, esté en Europa o viajando por otros continentes, siento que mi vida es un sueño y que el mundo representa, de alguna manera, mi imaginación. Allí donde estoy intento estar escuchando: escuchándome a mí mismo, escuchando mi entorno y recordando que soy parte de un tejido infinito.
Entonces ya no siento tanto que tenga que salir a buscar sonidos. Allí donde estoy siempre estoy rodeado de muchísimo, si estoy abierto a escucharlo.
Tu música invita muchas veces a detenerse y conectar con uno mismo, mientras vivimos en un momento dominado por la velocidad, las pantallas y los estímulos constantes. ¿Sientes que esa necesidad de parar es hoy todavía mayor que cuando comenzaste?
Es curioso porque recuerdo que fue precisamente esa sensación la que me impulsó a cortar con todo en 2012: con mi trabajo, con relaciones que sentía que me quitaban energía, y decidir irme a dar la vuelta al mundo.
Gracias a esa decisión mi vida cambió. Empecé a conectar con otro ritmo, con otra manera de hacer las cosas, y gracias a eso la música empezó a llegar a mi vida. Esa música es la que después me ha conectado con tantas personas alrededor del mundo.
Y ahora, catorce años después de aquel primer viaje, vuelvo a sentir cierta sobreestimulación, cierta saturación de información, y vuelvo a necesitar un parón. Más aún ahora que soy padre. Por eso hemos decidido comenzar una nueva etapa con mi familia en Argentina: abrir la mirada, abrir campo, respirar y recargar energía para poder afrontar los tiempos que vienen con alegría y esperanza.
Has hablado en otras ocasiones de la música como una herramienta de transformación. ¿Ha cambiado con los años aquello que tú mismo buscas encontrar cuando haces música?
Para mí hacer música es como hacer ejercicio, meditar o bailar. Es un espacio de escucha interna, un espacio íntimo conmigo mismo y, a veces, compartido.
Y en ese espacio, si logro relajarme, a veces puedo transformar aquello que siento atascado dentro de mí en melodías, ritmos y canciones que después me acompañan.
Con Totidub lavas tiempo compartiendo escenario y construyendo este universo sonoro. ¿En qué momento sentiste que dejó de ser simplemente una colaboración para convertirse en una parte fundamental del proyecto?
Creo que fue mientras estábamos construyendo el primer disco, In the Real World. Cuando estábamos terminándolo nos miramos y dijimos: «Esto hay que salir a compartirlo con el mundo».
Sentimos que estaría buenísimo poder tocar esas canciones juntos y disfrutar de construir también en directo todo ese universo sonoro que habíamos creado en el estudio. Y ahí los dos sentimos que era un gran sí.
Después de tantos conciertos juntos, ¿cuánto espacio dejáis todavía a la improvisación? ¿Puede una canción terminar siendo completamente diferente dependiendo de lo que esté ocurriendo esa noche?
A los dos nos encanta el juego y la improvisación, pero también nos gusta sentir que hay una estructura bien armada. Intentamos que en directo convivan las dos cosas.
Las canciones tienen una estructura, pero dentro de ella siempre dejamos espacios abiertos para jugar y para que puedan ocurrir cosas nuevas. Eso hace que nunca sean exactamente iguales.
Hay artistas que necesitan controlar todo lo que ocurre sobre el escenario y otros que prefieren dejarse sorprender. En vuestro caso, ¿hasta qué punto está diseñado un concierto y hasta qué punto os permitís perder el control?
Hay una parte del concierto que está diseñada porque esa estructura nos da un lugar desde el que sentirnos seguros y construir. Pero dentro de ella nos gusta mucho dejarnos sorprender.
A mí, además, me encanta improvisar con mis pensamientos en público. Me gusta introducir las canciones, contar de dónde vienen y dejarme llevar por lo que está ocurriendo en ese momento. Siempre que me abro a eso aparecen situaciones únicas, irrepetibles. Para mí esa es una de las cosas más bonitas de tocar en vivo.
Has actuado ante públicos y en lugares muy diferentes alrededor del mundo. ¿Notas que vuestra música se recibe de manera distinta dependiendo del país o hay determinadas emociones que terminan siendo universales?
Está claro que hay diferencias enormes entre las culturas del mundo. Algunas son mucho más expresivas y otras más contenidas. Recuerdo, por ejemplo, cuando fuimos a Colombia y el público cantaba tan fuerte que prácticamente no hacía falta ni que cantara yo las canciones. Nunca me había pasado algo así.
Y otras veces hacemos un concierto en el que la gente está en completo silencio y, cuando termina, vienen a agradecernos y a decirnos que aquello les ha cambiado la vida.
El ser humano es muy diverso en su manera de expresarse, pero sí siento que hay una emoción que se repite allá donde vamos: la gratitud. Recibimos muchísima gratitud de la gente por lo que hacemos, por ese espacio que abrimos de escucha, de cariño y de hermandad. Y eso es precioso.
Regresas una vez más a Las Dalias. Más allá del recuerdo concreto del concierto anterior, ¿qué encuentras en este lugar que encaja especialmente con vuestra manera de entender la música?
Siento que Las Dalias es un lugar mítico en Ibiza y que, a día de hoy, es uno de los pocos lugares de la isla donde todavía se puede hacer música en vivo, al aire libre y de cara al público.
Siento que el gobierno de la isla se ha puesto muy rígido con este tipo de conciertos, especialmente con aquellos que reúnen a una comunidad que quizás representa una alternativa al mainstream de las grandes discotecas.
Por eso me gusta tanto Las Dalias. Siento que es uno de los últimos pilares que quedan en Ibiza donde todavía se conserva ese respeto por la música en vivo, y además desde un lugar abierto y para todos los públicos.