Entre 1951 y 1952 la vida de Vicent Marí, de Can Guillem, y de Catalina Tur, de Can Picossa, dio un giro radical. En apenas un año se casaron, construyeron su casa, fundaron su propio negocio y vieron nacer a su hijo, Pep ‘Guillem’. Aquella concatenación de acontecimientos marcaría el inicio de una historia íntimamente ligada a la vida social y cotidiana de Sant Agustí durante más de siete décadas.
El negocio familiar nació en una humilde sala contigua a la vivienda, situada frente a la carretera de Sant Josep, donde convivían una tienda y un bar en un mismo espacio. Fue allí donde creció Pep, que recuerda su infancia entre clientes y partidas de cartas. «Yo jugaba pegando pelotazos a la puerta, como si fuera la portería, desde en medio de la carretera», rememora. El local, explica, «era una sola sala donde convivían bar y tienda en apenas 30 metros cuadrados. En una esquina estaba la barra del bar con un par de estanterías; al otro lado, la tienda, y además había un espacio con algunas mesas donde los hombres venían a jugar a las cartas al «solpost», tras la jornada de trabajo».
Bar
El bar de Can Guillem era un reflejo fiel de su tiempo. «En las estanterías apenas había un par de refrescos diferentes: la sarsa —un líquido negro que se mezclaba con sifón, una especie de Coca-Cola rústica— y siropes de fresa, naranja o limón que se mezclaban con agua», explica Guillem. El resto era básicamente alcohol: cognac, 103, Fundador o Terry, además de absenta, con la que se preparaba el popular ‘suisser’ mezclándola con limón.
El ambiente estaba casi siempre cargado de humo de tabaco pota y de largas partidas de cartas que se alargaban hasta bien entrada la madrugada. Con el paso del tiempo fueron llegando nuevas bebidas y combinados, como el sputnik —a base de jarabe de naranja, ginebra y sifón— o refrescos embotellados como la Citronia o el Trinaranjus. «Eso es lo que tomaban las mujeres las pocas veces que venían al bar: el día del pueblo o el de Navidad como mucho», recuerda.
Tienda
La tienda era otro pilar fundamental del negocio. «Aquí comprábamos de todo, de lo poco que había: sacos de arroz, de legumbres, bidones de aceite e incluso uno de gasolina para la moto, porque entonces apenas había coches», recuerda Pep d’en Real, uno de los clientes más veteranos, que a día de hoy sigue acudiendo a diario a desayunar. Todo se vendía a granel y los clientes acudían con el sanalló preparado.
Las botellas de cristal eran un bien escaso y preciado. «La gente las cuidaba como tesoros; después de las tormentas se iba a la orilla del mar a ver si aparecía alguna», añade Guillem, dibujando las duras circunstancias sociales del Sant Agustí de su infancia. Muchos vecinos pagaban con productos del campo, como almendras o algarrobas, y las cuentas se ajustaban periódicamente con lo que se iba apuntando.
Los proveedores principales eran comercios de Vila como Can Riquet, Can Funoll o Casa Matt. Vicent iba a buscar el género y, con el tiempo, compró una furgoneta junto a otros dos vecinos de Sant Josep para facilitar estos desplazamientos.
Juego
«En aquellos años apenas había otro entretenimiento al terminar el trabajo que jugar a las cartas», explica Guillem. También se jugaba al parchís con dinero. Para la mayoría era una distracción, aunque para algunos suponía un auténtico ‘modus vivendi’. El negocio abría a las 5.30 de la mañana y cerraba «cuando mi padre lograba echar a los últimos».
En no pocas ocasiones llegaba gente de otros pueblos y las partidas se alargaban tanto que Vicent dejaba el quinqué encendido, la puerta ‘empesa’ y se iba a descansar un par de horas antes de volver a abrir. «Algunos estaban jugando hasta las 7.30, cuando pasaba «la parrala», el autobús que iba a Sant Antoni», recuerda.
Evolución
Guillem no sabe precisar cuándo llegó exactamente la electricidad a Sant Agustí, pero sí recuerda que fue bastante más tarde, tras una segunda reforma del local. Hasta entonces la iluminación dependía de una ‘petromax’ que había que ir regulando, y las neveras eran de corcho negro, donde se colocaban barras de hielo que se traían desde Sant Antoni.
El teléfono también tardó en llegar. «Nos ofrecieron tener el primer teléfono del pueblo, pero con la condición de responsabilizarnos de avisar ante cualquier emergencia, y decidimos no asumir esa carga», explica. Esa función la acabaron asumiendo en Can Xinxó. Aun así, Can Guillem instaló el primer teléfono público por pasos, muy utilizado por los primeros turistas: al terminar la llamada se contaban los pasos y se pagaba en consecuencia.
«Nos ofrecieron tener el primer teléfono del pueblo, pero con la condición de responsabilizarnos de avisar ante cualquier emergencia, y decidimos no asumir esa carga»
La electricidad permitió además la llegada de la primera televisión del pueblo. «Cada vez que había un combate de boxeo de Urtain venía gente de todas partes para verlo», recuerda. Fue tras la primera reforma cuando se separaron físicamente el bar y la tienda en dos salas distintas.
Centro social
Durante años, Can Guillem fue el auténtico centro social de Sant Agustí. Allí se celebraban las fiestas del pueblo, con una pista de baile instalada en el exterior y actuaciones de grupos como Los Diana o Es Amics. «Me pasaba dos días buscando camareros, mesas y sillas, y preparándolo todo», explica Guillem, que más adelante acabaría liderando el traslado de las fiestas al centro del pueblo.
También se organizaban sorteos y rifas. Precisamente una denuncia relacionada con una de ellas, a mediados de los años ochenta, fue la gota que colmó el vaso para Catalina. «Ya era mayor y una denuncia absurda por una rifa la hizo decidir jubilarse por fin», explica su hijo.
Años antes, durante la adolescencia de Guillem, una enfermedad dejó a su padre postrado en la cama, provocando un grave desequilibrio económico. «Mi madre fue la que tiró del carro», asegura, restando importancia a su propio papel en aquellos años difíciles. Guillem buscó su camino fuera de casa y llegó a impulsar otros negocios, como proyectos en Cala Conta o el restaurante Can Berri, inaugurado en 1984.
Con la llegada de los supermercados, la tienda acabó cerrando y el bar se alquiló durante un tiempo. Lo gestionaron distintas familias —Cas Torrent, Can Guerxonet, Ferrer y Batle— hasta que finalmente volvió a manos de la familia.
La nueva etapa
En 1986, coincidiendo con la jubilación de Catalina y el regreso de la mili de Joan Ribas, ‘Pou’, él y su tío Xicu Tur, ‘Nebot’, decidieron asumir las riendas del negocio. Ambos habían trabajado juntos en el hotel Hélios y soñaban con llevar su propio bar.
Los inicios no fueron fáciles. «Solo entraban hombres para tomar café y copas por la mañana y combinados por la tarde», recuerda Joan. «Entonces la gente desayunaba en casa: apenas gastábamos seis llenguets al día», añade Xicu. Hoy esa cifra se ha multiplicado por diez. «Ahora gastamos entre 60 y 70».
«Solo entraban hombres para tomar café y copas por la mañana y combinados por la tarde»
Durante casi cuatro décadas al frente del negocio, han ido adaptándose a los cambios del entorno. Cambió la demanda —«antes comprábamos las botellas por cajas y ahora nos caben todas en una sola»— y también el público. «Las primeras mujeres que empezaron a venir fueron las madres que desayunaban después de dejar a los niños en el colegio», recuerdan.
Ese cambio llevó a Can Guillem a especializarse en desayunos, tostadas y bocadillos «sin sofisticaciones». Durante muchos años Joan y Xicu trabajaron solos. «Raquel fue nuestra primera empleada, y poco después entró otra Raquel», explica Joan. Tras la jubilación de Xicu se incorporaron Òscar y Joan. «¡Eso significa que yo trabajaba por dos!», bromea Xicu.
Clientela
Aunque todavía queda un grupo de veteranos que por las tardes se juegan los cafés a las cartas —al ‘locu’—, el perfil de la clientela ha cambiado. «Al principio conocíamos a todo el mundo; ahora ya no», admite Xicu. «Será que ya no quedan viejos de los de antes», reflexiona Joan, a lo que su tío responde entre risas: «¡O es que ya no pueden beber!».
«Al principio conocíamos a todo el mundo; ahora ya no»
Hoy Can Guillem recibe a trabajadores, vecinos, turistas de verano y gente de paso. Incluso ha llegado público atraído por redes sociales. «Nos han dicho que venían porque una influencer había estado aquí», comenta Xicu
Entre la clientela habitual se encuentra Bárbara, vecina de Sant Agustí desde hace años, que ha convertido el bar en una prolongación de su rutina diaria. Acude con el ordenador para trabajar mientras desayuna y destaca tanto las tostadas con forma de corazón como el confort del local, «fresco en verano y cálido en invierno».
Irene, que trabaja en las inmediaciones desde 2007, confiesa que le gusta todo del bar, «salvo que sean del Barça», bromea. Toni, vecino del pueblo, pasa con frecuencia a recoger el correo, tomar un café y echar una partida con los amigos. Carmen, también trabajadora de la zona, lo define como el lugar ideal para desconectar un rato con los compañeros: un espacio donde «se está en familia».
Para Joan, ‘cuc de garova’, el gentilicio oficioso de Sant Agustí, Can Guillem es directamente su segunda oficina. Un lugar donde siempre se encuentra buena gente y donde la vida del pueblo sigue latiendo, café a café, partida a partida.