Joan Escandell (Sa Penya, 1937) es uno de los grandes nombres de la ilustración y el cómic surgidos en Ibiza. A lo largo de su carrera ha trabajado para editoriales nacionales e internacionales y ha dibujado personajes tan conocidos como El Capitán Trueno, El Jabato, He-Man o clásicos de Disney como Mickey Mouse, Goofy o Los Aristogatos. A sus casi nueve décadas de vida, continúa dibujando cada día y desarrollando proyectos propios.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en Sa Penya, en la calle Alta número 21. Yo fui el menor de los cinco hijos que tuvieron mis padres, Miquel d’es Majoral, que vino desde Sant Miquel, y Margarita, que era de Vila. Nací en plena guerra y, según me contaban los de casa, cuando había bombardeos nos refugiábamos todos en una cueva de Sa Penya.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi padre fue pescador. Viajaba con la barca a lugares como Barcelona o Mallorca para vender pescado. En uno de estos viajes conoció a alguien que compraba y vendía todo tipo de materiales: papel, vidrio, hierro… y le ofreció mandarle estos materiales desde Ibiza. De esta manera se buscó un pequeño almacén junto a Es Rastrillo, donde iba acumulando estos materiales que la gente le traía de todos los lados de la isla. La cosa prosperó y acabó comprando otro almacén detrás del Cine Serra. También compró un carro y un caballo para que la gente fuera a comprar estos materiales aquí y allá. Como todo el mundo necesitaba dinero, vendían cualquier cosa. De esta manera se pudo ganar la vida mucho mejor de lo que se la ganaba como pescador. Incluso se pudo permitir comprar la casa en la que vivíamos de alquiler y reformarla añadiéndole dos pisos.
—¿Cómo recuerda su infancia en Sa Penya?
—Nos juntábamos la colla de amigos, jugábamos a fútbol con una pelota hecha a base de trapos… Yo siempre estaba dibujando. Desde que tenía cinco o seis años, en cuanto cuando cayó en mis manos un lápiz no paraba de dibujar en el piso de arriba de mi casa. Dibujaba cualquier cosa que veía: una silla, una naranja, a mis padres o a cualquiera que viera pasar por la calle. En aquella época no es que hubiera mucho papel y además valía dinero, así que mi padre siempre procuraba conseguirme papeles de restos de libretas viejas o páginas en blanco de los libros que compraba para que pudiera dibujar en ellas.
—¿Fue al colegio?
—Sí. Iba a Sa Graduada en una época en la que chicos y chicas estábamos separados, ellas abajo y nosotros en el piso de arriba. Cada mañana nos hacían cantar el Cara al Sol, nos daban Religión cada día y todos los domingos teníamos que ir a misa al colegio de la Consolación. Muy pronto los maestros se dieron cuenta de que yo sabía dibujar y siempre me hacían salir a la pizarra para dibujar algo sobre el tema que estaba explicando el maestro. Prácticamente solo explicaban cosas sobre religión, Franco y cosas así… También hacía esculturas con las tizas o con arcilla y cada fin de curso el colegio organizaba una exposición con estas esculturas y con mis dibujos. De esta manera me aprobaban sin necesidad de examinarme. En una ocasión, cuando ya era un poco mayor, me tocó hacer un examen con el resto de alumnos. Nos pusieron en fila para que fuéramos levantándonos para preguntarnos. Yo estaba de los últimos y me puse tan nervioso que me escapé saliendo por la ventana. Me aprobaron igualmente (risas). Al terminar el colegio, antes de cumplir 12 años, un profesor me recomendó que fuera a Artes y Oficios, donde tuve a maestros como Agudo Clara o Antoni Pomar, que me enseñaron perspectiva, dibujo, pintura al óleo… También nos traían a chicas que hacían de modelos o nos ponían esculturas para dibujarlas del natural. Estuve allí hasta que tuve 16 o 17 años. En aquella época fue cuando conocí a Cati, un 18 de julio que fuimos a la playa con mi cuñado. Yo tenía 15 años y ella 12. Nos casamos nueve años después y tuvimos tres hijos, Laura, Juan Miguel y Víctor. Ahora tenemos cuatro nietos.
—¿Tenía contacto con cómics o tebeos en su juventud?
—Los primeros tebeos que llegaron a Ibiza fueron en la librería Verdera y me compraba todos los que podía, El Guerrero del Antifaz, por ejemplo, y me maravillaba ver que un dibujante era capaz de hacer la misma cara de un personaje tanto de frente como de perfil siendo siempre la misma cara. O que pudieran dibujar un avión o un barco. Ahora tenemos internet y podemos ver cualquier cosa, pero entonces había que buscar información en libros o donde fuera para tener referencias. Yo copiaba todos los dibujos que me llamaban la atención y empecé a dibujar algunas historietas. Como me gustaba mucho el cine, siempre que iba a ver una película después me ponía a dibujarla como si fuera un cómic a mi manera. El primer tebeo que dibujé fue para un amigo, el fotógrafo Vicent de Can Guimó, que «emigró» a Mallorca con su familia. Éramos un buen número de amigos y dibujé el cómic La Pandilla, en el que narraba todas las cosas que hacíamos todos juntos: jugar a fútbol con el equipo que teníamos, ir a bailar a Santa Eulària, ir a la playa a Sa Punta o las tonterías que hacíamos entonces.
—¿Sigue existiendo ese cómic?
—Entonces no había ni fotocopiadoras ni nada y no volví a verlo nunca más, aunque mantuve la amistad y el contacto con Vicent hasta que murió hace unos años. Sin embargo, hace unos años me invitaron a un certamen de cómic en Gijón donde me hicieron subir al escenario para contestar preguntas del público. En un momento dado me dijeron que mirara a mi espalda y en la pantalla que tenía al fondo estaba la portada de La Pandilla. Fue muy emocionante, no lo había vuelto a ver nunca más. Ni siquiera pensaba que siguiera existiendo y casi se me escapan las lágrimas. Con el tiempo me lo hicieron llegar y lo sigo conservando en mi casa de Barcelona.
—¿Era consciente de que podría ganarse la vida dibujando?
—Sí, porque se oía por ahí que tal o cual dibujante se había comprado un coche… Por eso, con 18 o 19 años decidí que sería dibujante. En casa siempre me apoyaron al respecto, de hecho, cuando era pequeño mi padre me llevó a Mallorca en uno de sus viajes para comprarme tebeos en aquellos kioscos que había en la Rambla. Me hizo una ilusión terrible. Después, al terminar el servicio militar, cuando tenía unos 21 o 22 años decidí ir a buscar trabajo a Barcelona, a la editorial Bruguera, que era lo único que había. Llevé mi carpeta de dibujos, les gustó y pedí volver a Ibiza para arreglar las cosas. A la vuelta me atendió otra persona que me dijo que la plantilla ya estaba completa. Con la cara de estafado que se me quedó me acabó mandando a un pequeño estudio que tenían. Allí había cinco o seis dibujantes que tenían trabajo; yo solo dibujaba cosas que me iba inventando, lo que llamó la atención al resto. Un par de semanas después vino uno de los directores y me ofreció ir a trabajar a la redacción de Bruguera. En esa misma redacción trabajaban guionistas como Víctor Mora, Oliván, Vidal Sales o Turnés… Allí yo era el único dibujante y mi trabajo consistía en retocar otros dibujos. La mayoría por la censura. Los tebeos que llegaban de Francia tenían, por ejemplo, dibujos de mujeres en bikini a los que tenía que ponerles una faldita para cubrir las caderas. Cuando salía la silueta de un pecho de mujer demasiado insinuante, lo suavizaba, o si salía una viñeta con un beso, tenía que separarles la cabeza… También me hacían encargos «menores» de páginas sueltas de, por ejemplo, Pulgarcito, donde hacía cosas como La quiniela del saber.
—¿Hasta cuándo estuvo retocando dibujos de otros ilustradores y encargos «menores»?
—Hasta que Víctor Mora me ofreció dibujar El Capitán Trueno. Las cabezas del personaje ya estaban hechas. Había fotocopias con diferentes posturas y yo me encargaba de todo el resto del dibujo. Después llegó Jabato, el Sargento Furia… A partir de ese momento ya pude trabajar desde mi casa, donde tenía todo el archivo de libros de toda clase para tener mis referencias, por ejemplo de trajes de época, para poder dibujarlos. A partir de entonces cada vez empecé a tener más y más trabajo.
—¿Trabajó siempre para Bruguera?
—No, en el 73 una editorial francesa, Editions Aventures et Voyages, escogió un personaje que había creado yo mismo, Antares. El cómic salía una vez al mes y tenía 40 páginas. A la vez seguía haciendo trabajos para Bruguera; siempre que se retrasaba el guion me acababan pidiendo alguna página interior de, por ejemplo, El Capitán Trueno o alguna portada de Comando de Guerra, del Sargento Guam… Se podía vivir bastante bien, eso sí: a base de mucho trabajo. Podía trabajar hasta 12 horas al día y en un momento dado me llegaron a dar palpitaciones que el médico achacó a demasiado estrés y carga de trabajo. Llegó un momento en el que quebró Bruguera, ¡menos mal que tenía a Antares! El hijo de Bruguera montó entonces una agencia con algunos personajes de Francia o Inglaterra y pude seguir con Antares hasta que terminó 14 años más tarde.
—¿Qué hizo al terminar con Antares?
—Tuve que ponerme a buscar trabajo, me quedé con muy poca cosa y muy ocasional. Entonces otro dibujante y amigo, Sanchís, montó una nueva agencia y me ofreció dibujar un personaje, Kakka, para Japón. Al cabo de tres o cuatro tebeos se cortó en seco y es que resultaba que no era para Japón sino para Irak. Fue cuando hubo aquel atentado en la embajada española de Irak y resultó que quien lo encargaba desde Barcelona era un iraquí afincado en Barcelona que se ve que estuvo implicado en ese atentado de alguna manera. Así me volví a quedar sin trabajo y Sanchís, que había empezado a trabajar con Disney, me ofreció trabajar para ellos. En principio me pareció que mi estilo no tenía nada que ver con el de Disney, pero probé y me acabaron aceptando. De esta manera estuve dibujando tebeos de Mickey Mouse y Goofy. Eran muy exigentes: si les parecía que las orejas de Mickey no estaban bien puestas o que los tres pelos de Goofy eran demasiado largos o cortos, había que repetirlo. No se aceptaba la más mínima licencia. Acabé dibujando también a todos los clásicos: Los Aristogatos, La Sirenita, Pinocho… Pero eso fue con otra agencia: la alemana Comicón, con la que también hice durante unos cinco años a He-Man. Después estuve haciendo Bibi y Tina hasta que llegué al final de mi carrera.
—¿A qué se dedicó a partir de entonces?
—A hacer cosas mías sin necesidad de publicarlas. Por ejemplo, historias de Alan Poe, Rafa el Futurista, poesía ilustrada inspirada en los poemas de Machado, Miguel Hernández o Lorca. También hice la Trilogía de los Sueños inspirada en mis hijos o versiones de Pinocho, Peter Pan o El libro de la selva… Sigo dibujando cada día, de 8:30 h a 12 h y de 16 h a las 21 h. Hago mis propias historias y guiones, siempre bien documentadas, eso sí. Como el de El origen de la vida, que me gustaría publicar en algún momento. También he publicado últimamente unos cuantos cómics con los guiones de Lluís Ferrer, como Días oscuros, La venganza, Historia de Ibiza y Formentera o el que acabamos de publicar: Origen de Antares (que, junto a El origen de la vida, es el único que he hecho a color).