Joan Escandell Planells (Sant Miquel, 1948) es uno de esos perfiles que condensan la transformación de Ibiza en las últimas décadas. Nacido en el seno de una familia campesina, vivió de primera mano la economía de subsistencia, el auge de la pesca y el desarrollo turístico de la isla. Constructor ocasional, pescador y finalmente hostelero, su trayectoria está marcada por la iniciativa propia —como la construcción de su propio barco— y por una larga vinculación con la restauración, tanto en Ibiza como en Francia.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en casa, en Can Salvador des Port, o ‘de sa Barda’, porque la casa está situada en una cuesta muy pronunciada; la cuestión es diferenciarnos de los de Can Salvador de Benirràs. Yo fui el sexto de los siete hijos que tuvieron mis padres, Maria de Can Maries y Pep de Can Salvador de sa Barda. Ahora solo quedamos mi hermano Pep y mi hermano Toni, el mayor, que tiene 90 años y vive conmigo. Él emigró a Argentina y vivió allí más de 30 años, hasta que le animé a que volviera, cuando todavía vivíamos todos mis hermanos y mis padres.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—A la agricultura en nuestra casa de campo. Teníamos un buen huerto; en esa época el agua brotaba sola en un lugar de la finca al que llamábamos ‘sa canaleta’. Como teníamos mucho bosque, también se explotaba. Recuerdo que incluso venía gente de fuera de casa a buscar madera. Se cortaba madera que después se embarcaba, se hacían ‘sitges’ de carbón, se hacían hornos de cal… Cuando solo era un niño, solían mandarme con una ‘barsa’ o un ‘cistelló’ con pan y un trozo de sobrasada a llevárselo a ‘fulanito’, que estaba en tal o cual ‘puig’. Una vez a la semana se llevaba una cesta de huevos para venderlos en la tienda de Can Petit, en Sant Miquel. De vez en cuando, tal vez una o dos veces al año, mi padre llevaba, por ejemplo, puntales de sabina hasta Vila para venderlos allí. A la vuelta venía cargado de cosas de Vila, tela, por ejemplo.
—Entiendo que no faltaba comida en su casa.
—No. Se comía muy bien. Eso sí: a lo mejor nos pasábamos de lunes a sábado comiendo judías o garbanzos cada día (risas). Los domingos nunca faltaba carne. Teníamos abundancia de gallinas y de huevos, y los sábados o domingos siempre se mataba alguna. Hacíamos dos matanzas al año, una cuando empezaba el invierno y otra cuando terminaba. Cuando matábamos un cordero, la carne duraba bastante tiempo. Lo guardábamos todo, también la carne de las matanzas, en lo que llamábamos ‘sa casa fosca’. Era un almacén que se mantenía siempre cerrado y a oscuras; solo tenía una pequeña ventana con una mosquitera. Allí también se guardaba el pescado que comprábamos a los pescadores que subían hasta el camino de casa y hacían ‘brular es corn’ una o dos veces a la semana. Muchas veces se cambiaba el pescado que pudieran traer por sobrasada, pollo, huevos o patatas.
—¿Iba al colegio?
—Fui al colegio de Sant Miquel en la época en la que era maestro don Marià Villangómez. El horario del colegio era partido y yo solo podía ir por la tarde. Para ir al colegio había una hora de camino y, como no había comedor, no daba tiempo a ir a comer a casa y volver para las clases de la tarde. La escuela no era como ahora: eran aulas con unos 50 niños de diferentes edades para un solo maestro, y se daba primero, segundo y tercer grado todo a la vez. Cuando llegábamos al tercer grado nos ponían a enseñar a los más pequeños; ya no nos enseñaban más a partir de entonces. Quien quería aprender más tenía que salir de Sant Miquel.
—¿Guarda muchos recuerdos de Villangómez?
—Claro, fue mi primer maestro. Aunque debo decir que tal vez no fuera el mejor. En mi opinión, no fue tan buen maestro como poeta. Venía de Vila con su moto, una Lube, y los niños nos apostábamos las canicas a ver si era capaz de arrancarla a las 20 o 25 patadas o si, en cambio, nos haría empujarla (risas). Los primeros años, al entrar a clase, teníamos que formar para cantar el ‘Cara al sol’. Niños y niñas íbamos separados; la maestra era una tal Sebastiana, que se pasaba la mitad del tiempo paseando con Villangómez mientras los niños jugábamos. Después de él tuve a otros maestros: Roquetes, de Santa Gertrudis; y Raius, de Vila, con los que aprendí más que con Villangómez.
—¿Qué hizo al terminar los estudios?
—Trabajar, claro. Al principio en casa, cuidando de los animales; después, cuando tendría unos 14 años, empecé a ayudar a mi tío, Toni des Port, que era constructor. Mi ilusión siempre había sido hacerme mi propio barco y todo el dinero que pudiera ganar lo iba ahorrando para hacérmelo. Me busqué un ‘mestre d’aixa’ de Vila, Miquel Solaies, que me iba dando plantillas de las distintas piezas del barco para que yo mismo me buscara la madera adecuada para fabricarlas. Iba por el bosque buscando la mejor rama y, entonces, la cortaba. Un día mi padre me oyó trabajando y se creyó que era alguien robando madera. Cuando me vio y le dije que era para hacerme el barco —nunca me tomó en serio cuando le decía que me lo iba a construir—, me dijo: «Veo que te crees lo de hacerte el barco. Solo te digo que igual que no te cobraré nada por la madera que necesites, tampoco te daré un céntimo de casa para que te lo hagas». Así fue. Lo hicimos con la ayuda de mi tío Toni y de otro ‘mestre d’aixa’, debajo de un pino del Port de Sant Miquel. A los 19 años ya lo tenía hecho. Tiene seis metros, se llama ‘Petit’ y todavía lo conservo.
—¿Qué uso le dio al ‘Petit’?
—A partir de ese momento me puse a pescar. Al principio, a remo, por dentro del port, cuando estaba lleno de pescado. No era capaz de vender tanto pescado como cogía con unas cuantas redes. Al cabo de dos años, con lo que gané con el pescado, ya pude ponerle un motor.
—¿Se dedicó entonces a la pesca?
—Sí. Pero, además de pescar, también seguía echando horas en la construcción con más gente, además de con mi tío. Entre estas construcciones estaba la de los primeros apartamentos del Port de Sant Miquel, Ses Oliveres. El propietario era Juan Sánchez Moreno, que tenía, junto a su esposa —una belga—, un hotel en Francia, el Hotel de Bruselas, en la estación de esquí de Val d’Isère. Como Sánchez tomó confianza conmigo, me propuso ir a trabajar los inviernos allí con ellos, así que me saqué el pasaporte y me fui sin saber una palabra de francés. Estuve yendo 13 o 14 temporadas. Empecé con 21 años como friegaplatos, luego pasé a la cocina; de allí, a la sala, y después ya estuve como algo más que encargado de sala. Era la persona de confianza de los propietarios: cada año iba un mes antes de la apertura para encargarme de contratar al personal y preparar el inicio de la temporada. Yo era el que tenía las llaves del hotel.
—¿Dejó entonces el trabajo en el campo?
—Los inviernos trabajaba en Francia y los veranos me dedicaba a pescar y a gastarme lo que ganaba (risas). Nunca llegó a gustarme trabajar en el campo, así que me dediqué a comprar maquinaria para no tener que trabajar: primero una segadora, después una ‘ventadora’, hice una cisterna para no tener que ir a por el agua del pozo… También me dediqué a gestionar durante años los apartamentos y el restaurante que había construido Sánchez en el Port de Sant Miquel. Entre medias me tocó hacer la mili. Me tocaba hacerla en el Sáhara; menos mal que conocía al capitán Molina, que me hizo una carta y conseguí librarme y hacerla en Ibiza.
—Entonces entró de lleno en la hostelería.
—Así es. Llevé esta vida hasta que tuve cerca de 30 años y Sánchez compró unos terrenos en Benirr’as. Entonces hicimos un trato: yo me encargaría de construir allí un restaurante y podría gestionarlo yo mismo durante diez años. La construcción fue costosa: entonces no había carretera a Benirràs, ni luz, ni teléfono, ni nada. No había ni arena en la playa, solo había códols y un pequeño quiosco, el de ‘Josepet’, y solo venía la gente de los barcos. Al cabo de unos años, ‘Josepet’ y yo mismo nos encargamos de traer una trituradora para convertir los códols en arena, a la vez que construían la carretera. A partir de ese momento, el éxito de la playa no dejó de crecer. Al principio, la clientela del restaurante era, sobre todo, la de los yates. Teníamos clientes como Matías Prats o Carlos Sainz, que venían con sus hijos, que jugaban con los míos. Entonces, clientes como ellos venían buscando calma y discreción; ahora vienen a todo lo contrario. Todo ha cambiado mucho.
El fet que aquí s'han esborrat tots els comentaris no canvia el fet que aquest restaurant ha tingut els seus bons anys fa molt de temps. El que salva el restaurant és la seva ubicació, no la qualitat de la cuina.