En plena naturaleza y con los ritmos que fluyen de los tambores. Estas dos son las premisas iniciales a partir de las cuales la profesora de baile belga Fanny Heuten comienza una de sus clases en el curso de baile africano que imparte en el entorno de la casa de la Asociación de Amigos de Can Sort, ubicada en la carretera de Eivissa a Sant Joan y donde los sábados se instala el mercado del campo.
A unos cien metros de la casa, los veinte cursillistas ocupan una superficie 200 metros cuadrados muy lisa y cubierta con arena muy fina. Allí es donde, con los pies descalzos, atienden a los apuntes indicados por la profesora. Aunque, como señala ella misma, «el baile africano se aprende más dejándose llevar que pensando o concentrándose, el cuerpo tiene que moverse como un todo y que uno sienta ese movimiento es la mejor técnica». Los participantes en la clase quedan integrados en una misma coreografía, que depende del grado de implicación de cada interesado por efectuar los compases correctamente sin olvidarse de lo apuntado por Fanny.
El hilo iniciado por los asistentes es muy difícil de romper una vez que éstos cogen el ritmo. «No hay manera de parar; una vez que empiezas a bailar esta música y te metes en ella es como una cadena», señala uno de los cursillistas. Sólo una palmada de la profesora en señal de stop detiene la gama de movimientos desplegados por sus alumnos. Y es que después de dos horas de aprendizaje continuo llegaba el momento del reposo. Coincidía con las doce del mediodía y los asistentes aprovechan para tomarse un tentempié. Además, como el sol a esas horas en esta época del año comienza a pegar, la mayoría recurrió a cremas protectoras para no sufrir las consecuencias de las posteriores quemaduras. Pasados diez minutos, todos regresan a la pista para continuar aprendiendo. El curso concluye el viernes y a él acude gente de Francia, Grecia, Alemania, Italia y España. La profesora imparte clases de baile africano a 500 alumnos en Bélgica.