Lejos de la imagen solitaria y mística del farero recluido en su inhóspito lugar de trabajo, el ibicenco Santi Ribas muestra la otra cara de su profesión la que se esconde tras las vallas que restringen el paso al interior del faro, y que le aportan una vida tranquila aislada del tráfico y los ruidos de la ciudad.
«Ser farero te da la posibilidad de trabajar en lugares muy bonitos, llenos de historia y con la satisfacción de ver que está todo funcionando», explicó Santi. Y es que su hogar, el faro de Botafoc de 1861, se encuentra enclavado en un punto estratégico de la isla al que se accede desde la costa subiendo por una empinada escalera de piedra rodeada de claveles y palmeras que alberga en su entrada un gran número de instantáneas de faros de las Pitiüses. Santi tiene como vecino a Salvador Sanz que, como él, es uno de los tres fareros de las Pitiüses que todavía vive allí con sus familias. «Mi padre estuvo 20 años en el faro de La Mola, en Formentera, y yo me crie allí hasta que tuve la edad para preparar las oposiciones», explicó Santi, que lleva tras sus espaldas vivencias pasadas en faros de Castellón, Formentera, Sant Antoni y Botafoc, donde lleva viviendo 10 años, pese a que su trabajo también se extiende al resto de faros.
Sus funciones se centran en un trabajo que realiza en una especie de sala de máquinas desde la que controla el destellador, los dos generadores y activa la sirena cuando hay niebla. Pese al continuo reciclaje tecnológico al que tiene que someterse y que reduce día a día el trabajo manual, Santi asegura como hay otras máquinas que se mantienen originales: «Los dos generadores pertenecen a los años 50. Son como el Plan Marshall», bromea el farero. «El destellador también era de los 50, pero lo cambiaron hace unos años y ahora está como pieza de museo en Portopí, Mallorca», añade, viendo cómo, poco a poco, la electrónica se va abriendo camino y relegando sus funciones.