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14 segundos: Bitácora de una distopía

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Llevamos 30 días confinados. Por si han perdido la cuenta ya se lo digo yo. Este es el capítulo 25 de una bitácora que cuando comencé no pensé que superaría los 20 o 25 días y que ahora asumo que nos mantendrá unidos hasta dentro de un mes y medio más como poco. No es que sea pesimista, el problema es que leo mucho y a todos. No se crean que soy de esas que se conforma con lo que dicen las voces que le agradan, sino que voy más allá y escucho incluso las que me repelen, porque solo sumando todas las versiones de una misma noticia lograremos recomponer este puzle que se nos ha roto en mil pedazos.

No sé qué es lo primero que harán ustedes cuando todo termine, creo que estoy usando demasiado esta frase, pero yo me iré a dar un paseo largo por la playa. Me bañaré, gritaré si el agua está muy fría y bucearé durante al menos una hora. Quiero comer pescado en un chiringuito, no me importa si son sardinas o pargo, porque a estas alturas del cuento no vamos a ponernos exquisitos ni a pensar en zonas VIP, solo quiero cerrar los ojos con los pies metidos en la arena y recordar la Ibiza que recuperaremos poco a poco. Ya no le pongo fecha, ni voy a hacer grandes planes, solo sé que pasará y que pienso seguir usando como mantra estas palabras. Puede que tengamos que salir poquito a poco, ir con mascarilla y es más que probable que no podamos sonreír a la gente en un tiempo. Solo así, desde los balcones, como ahora. Al principio seguiremos sin repartir besos ni abrazos. ¡Cómo echo de menos eso, los olores de los míos, sentir su energía y fundirme en un cálido baile lento con las personas a las que quiero y aprecio!

Un buen abrazo debe durar al menos 14 segundos y cuando nos permitan volver a darlos yo les aseguro que pienso batir récords.

Cuando todo esto pase, porque pasará, ya veremos cómo nos batimos con otros problemas. Lo importante será que tendremos días de playa y demasiados abrazos guardados. Nada volverá a ser como antes, eso tenemos que asumirlo. Puede que dentro de unos años no recordemos estos días de letras amargas y demasiados dulces en casa, pero los próximos meses nuestros ojos mirarán de otras manera. Nuestras cuentas bancarias adelgazarán al mismo ritmo que nosotros hemos engordado y nadie sacará las tarjetas de crédito tan alegremente. Personas de nuestro entorno necesitarán nuestra ayuda y deberemos dársela, porque nuestros gobiernos se habrán hecho tan pequeños que no podrán asumir la debacle económica de empresas arruinadas y trabajos destruidos y tendremos que recrear otros tiempos, esos que nos contaron nuestros padres y abuelos y en los que habrá que arrimar el hombro y compartir lo que tengamos en casa. Volverán las cenas en los salones y las patatas mágicas en la despensa capaces de estar ricas con todo, los vinos jóvenes y los cinturones apretados.

Cuando todo esto termine, porque lo hará, no tengan la menor duda, seremos más pobres y menos estables que hace 30 días, pero más de verdad y más conscientes de todo, del poder de un beso y del calor de un abrazo de más de 14 segundos rezumando olor a normalidad.

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