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Bitácora de una distopía

Tambores

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No dejo de escucharlos. Repiquetean en mi cabeza como un mantra rítmico que no se apaga. Dicen que el domingo sonaron de nuevo con fuerza en la playa de Benirrás, la misma que ardió hace una década ante ese supuesto son de paz. Creo que por eso sigo oyendo su salmodia que anuncia algo oscuro. Los que los tocan afirman que cantan a la naturaleza, pero son los mismos que la quemaron con idénticos sonidos. Yo desde entonces no he querido volver más. Me trae malos recuerdos. Un olor a fuego que todavía me late en la nariz cada vez que veo su nombre escrito en un cartel torcido, las mochilas apiladas en el Ayuntamiento buscando dueños, la huida de familias enteras por mar para no ser pasto de las llamas, los marineros que con sus barquitos y sus lanchas obraron el milagro de que aquel incendio no se cobrase ninguna vida… Diez años y no hemos aprendido nada. Tres meses encerrados y todavía hemos crecido menos.

Aunque se controla desde entonces el tráfico para evitar que se masifique esa mágica playa que algunos llaman ya la de los tambores y que para mí siempre será la del Bullit de Peix del 2000, este fin de semana volvió a exhibir inconsciencia y egoísmo a partes iguales. Los que tocan son los mismos que afirman defender la isla, esos que aseveran no consumir territorio y que nos miran de soslayo porque nosotros, los capitalistas, atentamos contra «la tierra madre». Ellos se juntan para encender hogueras y bailar frenéticamente al ritmo de tambores huecos, mientras que nosotros, pobres ilusos, trabajamos para pagar la sanidad, las carreteras, la educación, la seguridad y ahora los ingresos vitales de todos ellos.

Los periodistas no juzgan, solo escriben, pero esta bitácora no es una noticia que deba contar asépticamente qué ha ocurrido, dónde, cómo o cuándo. Este es el relato en clave de opinión libre de una distopía de la que todavía no hemos salido, que no sabemos cómo terminará y en la que es preciso que andemos con pies de plomo para salvar vidas. Es así de sencillo.

Vosotros, los que llenáis estos días playas olvidando la distancia de seguridad, poniendo en peligro incluso a los vuestros, a vuestros padres o a vuestros hijos, paraos a pensar y reflexionad sobre esta cantinela que no dejamos de escuchar. Una vez más hemos sido carne de informativos en los que se nos ha acusado de irresponsables y de estúpidos. Desde Barcelona, Madrid, Albacete o Soria nos han mirado con el labio torcido lamentando la cantidad de imbéciles por metro cuadrado danzando sobre la arena, mientras que sus muertos, que son miles, ya no pueden ver nada. Eso no se llama libertad, sino egoísmo, y nos viste de vergüenza a todos.

Podemos ir a la playa, podemos sentir la sal y el agua limpiando nuestra energía, dando color a nuestras auras y compartir con las personas que nos hacen sentirnos vivos instantes de luz, con el lamido de las olas contra las piedras como única banda sonora, pero hagámoslo a dos metros unos de otros, como señal de respeto y de duelo al menos por los que ya no podrán hacerlo.

Vuestros tambores no deberían escucharse en un país que ha declarado el luto nacional, aunque tristemente lo seguirán haciendo porque, como decía Bertrand Russell, «el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y que los inteligentes están llenos de dudas».

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