Hubo un tiempo en que durante la Pascua un sacerdote acostumbraba a recorrer las casas de Ibiza y Formentera bendiciendo las viviendas y también a sus moradores. Conocida esta costumbre como la salpassa, el Obispado se ha propuesto recuperar este año esta antigua tradición, presente también en muchas otras zonas del Mediterráneo.
El obispo Vicent Ribas aseguró en declaraciones a Periódico de Ibiza y Formentera que en muchas reuniones celebradas con fieles había podido comprobar cómo la gente añoraba esta costumbre. «Todo el mundo me habla de ello. No se había perdido del todo porque yo mismo la hice hace unos años en la parroquia de Sant Mateu», explicó.
También señaló que la salpassa es una bonita forma de conocer a las familias. «Es una costumbre que hemos tenido y que se ha dejado ir, pero es importante recuperarla porque de esta manera la parroquia se acerca a las casas y a los fieles», insistió el obispo.
La salpassa se realizaba durante la Pascua, una vez finalizado el tiempo de Cuaresma. Si una familia estaba de luto reciente o alguno de sus miembros sufría una grave enfermedad, en esa casa la bendición no solía llevarse a cabo.
De cara a este año, muy pronto los fieles encontrarán en todas las parroquias una pequeña ficha donde podrán dejar sus datos y contactos. Al haber muchas más viviendas que años atrás, la salpassa se impartirá durante los 50 días del tiempo pascual, cuando los interesados y el sacerdote concierten la visita.
Lina Sansano, licenciada en Historia y Antropología Cultural y directora del Museo Etnográfico de Ibiza, recordó cómo con la salpassa el sacerdote utilizaba agua bendita y sal para bendecir las viviendas.
«Principalmente, colocaban un montoncito de sal tras el umbral de la puerta o de las ventanas. Era una costumbre que se seguía más en la payesía. En las misas, los curas anunciaban que tal día recorrerían tal vénda, con lo que la gente ya estaba preparada. Solían ir acompañados de un monaguillo y un asno donde colocaban unos cestos para guardar todo lo que las familias les daban como agradecimiento.
Eran cosas de comer como huevos o flaons y, en ocasiones, daban algunas monedas al monaguillo», relató Sansano.
Hoy en día, alguna familia de Santa Eulària todavía conserva el vaso donde se guardaba la salpassa.
«Hasta no hace mucho se hacía en Santa Gertudris. En la payesía, se conservó hasta hace unos 20 años. Me parece muy bien que se quiera recuperar porque es una costumbre bonita», afirmó.
El exconseller de Cultura y Patrimonio, Joan Marí Tur Botja, ejerció de monaguillo cuando tenía unos siete años de edad y acompañó a Mossènyer Coques en sus bendiciones por el municipio de Sant Josep. Curiosamente, este sacerdote se colocaba en su oreja unas flores de geranio y llevaba con él una botella de frígola en la que el licor había sido sustituido por el agua bendita. Al llegar a las casas, según recordó Botja, normalmente las familias habían colocado una mesa con flores y una vela que el resto del año era también utilizada en otros momentos especiales.
«Las familias se arrodillaban alrededor de la mesa. El cura mojaba el geranio con el agua bendita y, en latín, decía ‘paz a la casa y a todos los que la habitan’, salpicando la vivienda con el agua bendita», explicó.
Tras ello, el sacerdote acostumbraba a quedarse un rato hablando con la familia, que le agasajaba con dulces o pan y queso. «Si ésta era muy pobre, el cura, muy discretamente, daba a los más pequeños algunas monedas. Cuando se marchaba, el dueño de la casa le entregaba alguna sobrasada, un flaó o huevos», recordó también.
Botja puntualizó que, mientras en Vila se ponía un poco de sal tras la puerta, en Sant Josep era algo que no se hacía. «Como yo era pequeño y nos daban un poco de licor o vino blanco, mi madre ya le advirtió al sacerdote que sólo me dejara beber en la primera casa que visitábamos», concluyó.
Las anécdotas relacionadas con la salpassa forman parte del imaginario colectivo de muchos ibicencos. Entre las más conocidas, destaca la del sacerdote a quien no le gustaba la hierbabuena en los flaons y, enfadado, así se lo hizo saber a las familias de su pueblo. Después, estuvo un largo tiempo sin recibir ningún flaó hasta que públicamente aclaró que ese dulce le gustaba tanto con hierbabuena como sin ella.