El pasado 9 de marzo falleció en Ibiza, a los 102 años, Juan Partida Castro, vecino de la ciudad desde finales de los años cincuenta y uno de tantos hombres que llegaron desde la península para trabajar en la isla en los inicios de su transformación turística. Nacido en 1924 en La Puebla de Cazalla (Sevilla), Partida desarrolló una vida marcada por el trabajo desde la infancia y por una trayectoria que le llevó del campo andaluz a Francia como temporero y, finalmente, a Ibiza, donde residió durante más de seis décadas.
Hijo de José y Francisca, fue el segundo de nueve hermanos en una familia humilde dedicada al campo. «Con siete años yo ya trabajaba recogiendo aceitunas o sembrando, y con doce ya segaba como uno más», recordaba en una entrevista concedida a Periódico de Ibiza y Formentera cuando estaba a punto de cumplir cien años. A esa misma edad dejó el colegio para dedicarse plenamente a las labores agrícolas.
Su infancia y adolescencia coincidieron con los años de la Guerra Civil. A pesar de la dureza del periodo, recordaba que su familia, dedicada al trabajo rural y alejada de la política, apenas se vio afectada directamente por el conflicto. «Vivíamos a unos 13 o 14 kilómetros del pueblo y allí no llegaba nada. La guerra pasó de largo», explicaba. Solo un primo suyo falleció en el frente tras ser movilizado mientras cumplía el servicio militar en Madrid.
Tras la guerra continuó trabajando en el campo. Ya casado con Remedios —compañera desde la infancia con quien tuvo cuatro hijos: Pepe, Remedios, Carmen e Irene— comenzó a viajar a Francia como temporero agrícola. Durante cuatro temporadas participó en campañas de recogida de remolacha, en las que los trabajadores españoles podían obtener ingresos muy superiores a los del campo andaluz. «Íbamos a trabajar noventa días y ganábamos noventa mil pesetas», recordaba. Los viajes comenzaban en tren hasta Madrid, continuaban hasta Irún y desde allí hacia París o distintas zonas agrícolas, donde cada trabajador debía encargarse de grandes extensiones de cultivo.
Su llegada a Ibiza se produjo a finales de los años cincuenta o comienzos de los sesenta, después de que en una temporada no recibiera la carta de contratación para regresar a Francia. Viajó entonces a la isla, donde permanecería primero seis meses antes de regresar a una última campaña francesa. Tras ella decidió establecerse definitivamente en Ibiza.
«La ciudad no llegaba más allá de la avenida España y la calle Aragón, que eran de tierra y por donde no pasaban ni coches»
La isla que encontró era muy distinta a la actual. «La ciudad no llegaba más allá de la avenida España y la calle Aragón, que eran de tierra y por donde no pasaban ni coches», relataba. Aun así, recordaba con agradecimiento la acogida que recibió por parte de los ibicencos. «Al principio te miraban un poco raro, pero siempre se portaron muy bien conmigo».
Sus primeros trabajos en Ibiza estuvieron vinculados a las obras públicas. Participó en la construcción de carreteras en la zona de s’Argamassa, en Santa Eulària. Poco después logró comprar un piso en la avenida España, donde residió durante el resto de su vida y al que trasladó a su familia.
A lo largo de los años desempeñó diversos oficios, la mayoría por cuenta propia. Trabajó para Telefónica atendiendo cabinas telefónicas, participó en trabajos en el puerto y también ejerció como jardinero en distintos hoteles de la isla. Su etapa laboral más larga estuvo vinculada a las pistas de tenis situadas junto al Mercat Nou, donde se encargó del mantenimiento durante 36 años, hasta su jubilación. Paralelamente cuidó los jardines del hotel Fénix.
«He trabajado mucho y pienso que me lo he ganado, pero no puedo decir que la vida me haya tratado mal»
Trabajador constante durante toda su vida, Partida resumía su trayectoria con una mezcla de orgullo y serenidad: «He trabajado mucho y pienso que me lo he ganado, pero no puedo decir que la vida me haya tratado mal».
Padre de cuatro hijos y abuelo de cuatro nietas, vivió lo suficiente para contemplar la profunda transformación de Ibiza desde los años en que apenas comenzaba su desarrollo turístico hasta convertirse en la ciudad actual. Un cambio que observó siempre con optimismo. «Cuando llegué no había nada y ahora es toda una capital. Ibiza se lo merece», afirmaba.